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San Teodoro Estudita y la defensa de los iconos

30 ene 2018
5 min de lectura

Actualizado: 8 oct

San Teodoro Estudita y la defensa de los iconos
San Teodoro Estudita y la defensa de los iconos


San Teodoro Estudita y la defensa de los iconos

San Teodoro Estudita ocupa un lugar fundamental entre los grandes defensores de los iconos durante la segunda crisis iconoclasta del Imperio bizantino. Monje, abad del monasterio de Studion y escritor extraordinariamente fecundo, no se limitó a defender la existencia de las imágenes sagradas. Intentó explicar con precisión por qué Cristo puede ser representado, qué relación existe entre una imagen y la persona representada y por qué rechazar el icono de Cristo afecta a la comprensión misma de la Encarnación.

Nacido en Constantinopla en el año 759, Teodoro vivió en un periodo de fuertes conflictos entre el poder imperial y la Iglesia. Su defensa de los iconos le ocasionó persecuciones, destierros y encarcelamientos. Murió en el año 826, antes de la restauración definitiva de las imágenes en 843, pero su pensamiento constituye una de las formulaciones más importantes de la teología iconográfica bizantina.


El fundamento del icono está en la Encarnación

Para San Teodoro, la cuestión decisiva no consiste simplemente en saber si una imagen religiosa está permitida. La verdadera pregunta es si Cristo puede ser representado.

La respuesta depende de la Encarnación.

Según su divinidad, el Verbo es invisible, ilimitado e imposible de circunscribir. Pero el mismo Verbo asumió verdaderamente una naturaleza humana. Nació, tuvo un cuerpo, ocupó un lugar, vivió dentro del tiempo y pudo ser contemplado por los hombres.

Por eso, representar a Cristo no significa intentar pintar su naturaleza divina. El icono representa a la Persona de Cristo según la humanidad que verdaderamente asumió.

Si Cristo pudo ser visto, también pudo ser representado.

Esta afirmación era esencial frente a los iconoclastas. Para Teodoro, negar radicalmente la posibilidad de representar a Cristo podía terminar debilitando aquello mismo que el cristianismo proclama: que el Verbo no aparentó ser hombre, sino que se hizo verdaderamente hombre.


El icono no representa una naturaleza, sino una persona

Esta distinción permite comprender otra de las aportaciones fundamentales de San Teodoro Estudita.

Un icono no pretende representar una naturaleza humana abstracta. Representa a una persona concreta.

Cuando contemplamos un icono de Cristo, no contemplamos simplemente la representación de «un hombre». Reconocemos a Jesucristo. Del mismo modo, un icono de la Madre de Dios o de un santo remite a una persona determinada.

Por eso el nombre inscrito en el icono tiene tanta importancia. La representación y el nombre conducen hacia aquel que constituye su Prototipo.

La madera, los pigmentos y el oro no se convierten en la persona representada. El icono continúa siendo materialmente una imagen. Pero su identidad no termina en esa materia: está determinada por su relación con aquel a quien representa.


Una imagen y su Prototipo no son la misma cosa

San Teodoro desarrolla con especial precisión la relación entre el icono y su Prototipo.

Imagen y Prototipo no son idénticos según su naturaleza. Cristo y su icono no poseen la misma sustancia. Sería absurdo identificar la madera y los pigmentos con la Persona de Cristo.

Pero tampoco están completamente separados.

La imagen existe precisamente porque remite a un modelo. Si desaparece esa relación, deja de tener sentido como imagen de alguien.

Por eso el honor ofrecido ante el icono no se detiene en su materia. Se dirige hacia la persona representada. Esta relación permite comprender por qué el cristiano puede venerar una imagen sin convertirla en un ídolo.

El icono recibe su sentido del Prototipo.


La palabra llega al oído y la imagen a la vista

San Teodoro desarrolla además una idea que pertenece a una antigua tradición patrística y que hemos visto ya en San Basilio: la profunda correspondencia entre la palabra y la imagen.

En una de sus cartas más importantes sobre los iconos, escrita a su discípulo Naucracio, compara directamente el oído y la vista.

La narración escrita de la Pasión llega a nosotros por el oído. El icono presenta esa misma memoria a la vista. Para Teodoro, ambos sentidos actúan conjuntamente.

Su razonamiento es muy expresivo. Existen innumerables copias del Evangelio, pero no por ello existen innumerables Evangelios diferentes. Del mismo modo, pueden existir innumerables imágenes de Cristo sin que existan muchos Cristos.

Y llega a formular una comparación extraordinaria: cuando Cristo es representado en un icono es como si fuera descrito en la Escritura.

La palabra lo anuncia.

La imagen lo muestra.

La realidad proclamada es la misma.


Ver y escuchar a Cristo

San Teodoro no reduce el icono a una ayuda para quienes no saben leer. Su pensamiento va mucho más lejos.

El hombre recibe la realidad mediante diferentes sentidos. La Escritura permite escuchar el anuncio de Cristo; la imagen permite contemplar aquello que se hizo visible cuando el Verbo asumió nuestra humanidad.

Por eso escribe que aquello que aprendemos mediante el oído podemos también llegar a conocer mediante los ojos.

La imagen no compite con la palabra. Ambas cooperan.

Este planteamiento explica también por qué Teodoro recurre constantemente a los Padres anteriores. Cita a San Basilio, San Gregorio de Nisa, San Gregorio Nacianceno y otros autores para mostrar que el valor de la imagen cristiana no nació durante la controversia iconoclasta, sino que pertenecía ya a una tradición recibida.


El icono hace memoria de la economía de la salvación

Para San Teodoro, representar a Cristo significa también mantener visible la realidad de su Encarnación y de los acontecimientos de su vida.

El Niño sostenido por la Madre de Dios, el Bautismo, la Pasión, la Cruz, la sepultura o la Resurrección no son invenciones del pintor. Son acontecimientos confesados por la Iglesia.

La Escritura los narra.

El icono los presenta ante los ojos.

Por eso destruir sistemáticamente las imágenes de Cristo no era para Teodoro una cuestión meramente artística. Significaba rechazar una forma visible de confesar aquello que el Evangelio anunciaba.


San Teodoro y la tradición de los Padres

Una de las características más interesantes de San Teodoro es que no presenta su doctrina como una creación personal.

Su defensa del icono está construida sobre una tradición anterior. Recurre expresamente a los Padres para demostrar que la imagen cristiana posee raíces profundas en la Iglesia.

San Basilio había comparado ya aquello que la palabra comunica mediante el oído con aquello que la pintura muestra silenciosamente. San Gregorio de Nisa había hablado del poder de la imagen para hacer presente ante los ojos un acontecimiento. Teodoro recoge esta herencia y la desarrolla frente a quienes negaban la legitimidad del icono.

El iconógrafo, por tanto, no trabaja desde la invención individual. Recibe algo.

También aquí encontramos una enseñanza que continúa teniendo plena actualidad.


¿Por qué es importante San Teodoro Estudita para el iconógrafo?

San Teodoro ayuda a comprender algo esencial: el icono no puede separarse de la realidad de la Encarnación.

Podemos representar a Cristo porque verdaderamente asumió nuestra humanidad. Podemos pintar un rostro porque el Verbo tuvo un rostro. Podemos representar los acontecimientos de su vida porque ocurrieron verdaderamente dentro de nuestra historia.

Al mismo tiempo, el icono nunca debe convertirse en un fin en sí mismo. Su materia permanece siendo materia y su belleza no debería detener nuestra mirada en la habilidad del pintor. Todo en él está orientado hacia una persona.

Para quien trabaja hoy en un taller iconográfico, San Teodoro recuerda que pintar un icono no consiste simplemente en reproducir una imagen antigua.

Supone confesar con formas y colores aquello que la Iglesia anuncia con palabras.

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