El arte paleocristiano y el nacimiento del lenguaje iconográfico

Cuando contemplamos un icono bizantino plenamente formado, con sus rostros, sus gestos, sus inscripciones y su manera particular de organizar el espacio y la luz, podemos tener la impresión de que ese lenguaje apareció ya construido desde los primeros siglos del cristianismo. Sin embargo, no fue así. La imagen cristiana necesitó tiempo para encontrar una forma capaz de expresar aquello que la Iglesia confesaba.
Los primeros cristianos no conocieron el icono tal como nosotros lo entendemos hoy. Vivían además en un mundo lleno de imágenes religiosas paganas y tuvieron que establecer una diferencia clara entre la imagen y el ídolo. En ese contexto comenzó a formarse lentamente un lenguaje visual propio que, antes de llegar al icono, recurrió ampliamente al signo, al símbolo y a las escenas tomadas de la Escritura.
El arte paleocristiano constituye precisamente uno de los primeros lugares donde podemos observar ese proceso.
Las catacumbas y las primeras imágenes cristianas
Una parte importante del primer arte cristiano que ha llegado hasta nosotros se conserva en las catacumbas. Allí encontramos pinturas que todavía utilizan formas procedentes del mundo antiguo, pero cuyo significado comienza a ser profundamente distinto.
El cristianismo no necesitó inventar desde cero todas las formas visibles que utilizaba. En ocasiones tomó imágenes conocidas por la cultura de su tiempo y les dio un contenido nuevo. Lo importante ya no era solamente la forma representada, sino aquello que esa forma permitía confesar.
Así ocurre, por ejemplo, con la imagen del Buen Pastor. Su apariencia podía resultar familiar dentro del mundo antiguo, pero para los cristianos adquiría un significado preciso a la luz del Evangelio: Cristo es el Buen Pastor que busca a la oveja perdida y carga sobre sí a la humanidad. El arte comenzaba de esta manera a utilizar un lenguaje conocido para expresar una realidad nueva.
Los símbolos de los primeros cristianos
En las catacumbas aparecen también muchos de los símbolos que acabarían formando parte de la memoria visual del cristianismo: el pez, el ancla, la nave, la vid, el cordero, las aves con ramas de olivo o el monograma de Cristo.
No eran simples adornos. Cada uno de estos elementos podía transmitir una parte de la fe y ayudar a reconocer una realidad que iba mucho más allá de aquello que aparecía representado.
El pez podía remitir directamente a Cristo. La palabra griega ichthys, pez, fue entendida también como un acrónimo cristológico y aparece muy pronto vinculada a la confesión de Jesús como Cristo, Hijo de Dios y Salvador. La vid podía conducir hacia Cristo y la Eucaristía; la nave podía representar a la Iglesia; el cordero remitía a Cristo y, al mismo tiempo, a aquellos que pertenecen a su rebaño.
Lo verdaderamente interesante es comprobar que desde muy temprano el cristiano aprendió a leer una imagen. Una figura aparentemente sencilla podía contener una realidad mucho más profunda. El lenguaje visual cristiano comenzaba a enseñar que lo visible podía conducir hacia aquello que no vemos inmediatamente.
Este principio permanecerá después en el icono.
Del signo a la imagen
Pero el arte paleocristiano no permaneció únicamente en el ámbito de los signos. Muy pronto comenzaron también a representarse escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento.
Noé en el arca, Daniel entre los leones, la resurrección de Lázaro, el Bautismo, la Natividad, la Anunciación o la Adoración de los Magos fueron entrando progresivamente en el repertorio de las imágenes cristianas.
Este paso resulta fundamental porque ya no estamos únicamente delante de un pez, una vid o un ancla que remiten a una realidad cristiana. Comenzamos a encontrarnos delante de acontecimientos de la historia de la salvación que pueden ser representados y reconocidos.
El cristianismo estaba aprendiendo a narrar también mediante imágenes.
Una imagen todavía en búsqueda
No debemos llamar icono, sin más, a cualquier pintura paleocristiana. Entre aquellas primeras representaciones y el lenguaje iconográfico que llegará a desarrollarse posteriormente existe un largo proceso.
Las imágenes de las catacumbas contienen ya muchos de los elementos que después formarán parte de la iconografía cristiana, pero el lenguaje del icono todavía no está plenamente construido. Durante varios siglos la Iglesia irá buscando una forma visual capaz de expresar de manera adecuada su comprensión de Cristo, de la persona, de la santidad y de la creación transformada.
Esto explica por qué las primeras imágenes cristianas conservan todavía mucho del lenguaje artístico de la Antigüedad tardía.
El cristianismo recibió unas formas, pero tuvo que transformarlas desde dentro.
Del mundo antiguo al lenguaje cristiano
Este proceso resulta especialmente importante para comprender qué significa realmente tradición.
La tradición no consiste en que un día aparezca una forma definitiva y, desde ese momento, todos se limiten a copiarla. Existe un largo proceso de discernimiento, asimilación y transformación.
El cristianismo se encontró con una cultura que ya poseía pintura, escultura, arquitectura y símbolos. No podía simplemente fingir que todo aquello no existía. Pero tampoco podía recibirlo sin más, porque una imagen creada dentro de una determinada concepción del hombre y de lo divino no podía trasladarse automáticamente al cristianismo sin cambiar su sentido.
Por eso el nacimiento del lenguaje iconográfico fue también un proceso de transformación de la mirada. La forma exterior podía proceder en parte del mundo anterior, pero aquello que debía manifestar era nuevo.
El rostro comienza a ocupar el centro
Con el paso del tiempo la representación cristiana fue adquiriendo una atención cada vez mayor hacia la persona y hacia el rostro.
Algunos de los primeros iconos conservados, datados en torno a los siglos V y VI y vinculados al monasterio de Santa Catalina del Sinaí, conservan todavía una evidente relación técnica y estilística con la pintura de la Antigüedad tardía. Muchos fueron realizados mediante encáustica y pueden recordar, a primera vista, determinados retratos antiguos.
Pero algo esencial ha cambiado.
El rostro ya no está allí simplemente para conservar la memoria física de una persona. La imagen cristiana busca otra cosa. Comienza a manifestar una persona contemplada desde la realidad de la fe y desde la transformación prometida al hombre.
Aquí nos acercamos ya mucho más al icono.
La Virgen y el Niño en las primeras imágenes cristianas
También la imagen de la Madre de Dios aparece muy pronto dentro del arte cristiano.
En las catacumbas encontramos representaciones vinculadas a la Virgen y al Niño, así como escenas de la Anunciación, la Natividad y la Adoración de los Magos. Algunas de estas primeras imágenes necesitan todavía elementos externos que permitan al espectador comprender con claridad a quién está contemplando: un profeta, una estrella o un determinado contexto bíblico ayudan a identificar la escena.
Con el tiempo, ese lenguaje se irá haciendo cada vez más preciso. Los personajes, los gestos, las composiciones y los atributos serán reconocibles sin necesidad de explicar continuamente quién aparece en la imagen.
Se está formando una memoria visual compartida, y esa memoria será fundamental para la iconografía.
La Escritura enseñó también a mirar mediante símbolos
El uso cristiano del símbolo no nació simplemente de la necesidad de ocultar la fe durante las persecuciones. Su raíz es mucho más profunda.
La propia Escritura está llena de imágenes. La vid, el pastor, la oveja, la puerta, la luz, el agua, el pan o la semilla permiten expresar realidades que van mucho más allá de su significado inmediato. Cristo mismo utilizó constantemente imágenes tomadas de la vida cotidiana para enseñar a mirar más profundamente.
El arte cristiano heredó también esta manera de ver. Por eso una imagen no tenía que agotarse en aquello que representaba exteriormente. Podía abrir hacia otra realidad.
Esta capacidad de hacer visible algo que la forma material no puede contener por completo estará en el corazón del posterior lenguaje del icono.
Del arte paleocristiano al icono
No existe, por tanto, un salto repentino entre las pinturas de las catacumbas y el icono bizantino. Existe un proceso.
Primero encontramos signos y símbolos capaces de transmitir la fe. Después aparecen con mayor frecuencia escenas bíblicas y figuras reconocibles. Poco a poco se desarrolla una manera propia de representar a Cristo, a la Theotokos, a los apóstoles, a los mártires y a los santos. Al mismo tiempo, la Iglesia va profundizando en las consecuencias de la Encarnación y en la posibilidad misma de representar a Cristo.
El lenguaje iconográfico irá adquiriendo progresivamente sus propias formas. Los rostros, las miradas, los gestos, el espacio, la luz y la composición dejarán de obedecer únicamente a los criterios heredados de la representación antigua para ponerse al servicio de otra manera de contemplar al hombre y al mundo.
El icono no nace de la nada
Comprender el arte paleocristiano nos ayuda finalmente a comprender algo esencial: el icono no apareció de la nada.
Detrás de él existen siglos de búsqueda, reflexión y experiencia de la Iglesia. Antes de que el lenguaje iconográfico alcanzara la forma que hoy reconocemos, los cristianos ya estaban intentando expresar mediante imágenes aquello que creían y celebraban.
Un pez, un ancla, una vid o la figura del Buen Pastor pueden parecernos muy lejos de un Pantocrátor o de una Theotokos. Sin embargo, pertenecen a una misma historia.
Es la historia de una Iglesia que, desde sus primeros siglos, comprendió que la imagen podía ayudar al hombre a recordar, comprender y contemplar.
Y quizá ahí se encuentre una de las claves para entender el nacimiento de la iconografía cristiana: antes de aprender a pintar el icono, la Iglesia tuvo que aprender a mirar cristianamente el mundo visible.
































