Jorge de Chipre y la defensa de los iconos
Actualizado: hace 20 horas

Jorge de Chipre ocupa un lugar singular entre los defensores de los iconos durante la primera controversia iconoclasta. Sabemos mucho menos sobre su vida que sobre San Juan Damasceno o San Germán de Constantinopla, y precisamente por eso conviene no reconstruir una biografía que las fuentes no permiten conocer con seguridad. Sin embargo, los pocos datos firmes que poseemos bastan para demostrar la importancia que alcanzó su defensa de las imágenes.
La prueba más significativa procede de sus propios adversarios. Cuando el emperador Constantino V reunió en Hieria, en el año 754, el concilio iconoclasta que pretendía proporcionar una justificación doctrinal a la prohibición de las imágenes, tres defensores fueron condenados de manera particular: Germán de Constantinopla, Juan Damasceno y Jorge de Chipre. Que su nombre aparezca junto a los dos grandes Padres de la primera resistencia iconódula muestra hasta qué punto Jorge era considerado un adversario importante de la iconoclasia.
Un monje entre los grandes defensores de las imágenes
Las actas relacionadas con el concilio de Hieria identifican a Jorge como monje y originario de Chipre. Poco más podemos afirmar con seguridad acerca de su biografía. No conocemos con suficiente precisión las fechas de su nacimiento y muerte ni disponemos de una reconstrucción completa de su actividad.
Pero en este caso el silencio de las fuentes biográficas contrasta con la importancia de su nombre en la controversia. Hieria no lo incluyó entre una larga relación indiferenciada de opositores, sino que lo destacó junto a Germán y Juan Damasceno como uno de los representantes principales de la resistencia a las imágenes.
La iconoclasia había identificado claramente a sus adversarios.
Hieria y la condena de Jorge de Chipre
El concilio de Hieria fue convocado en el año 754 por Constantino V y reunió a centenares de obispos partidarios de la política imperial. Allí se condenó la producción y la veneración de los iconos y se intentó establecer doctrinalmente que la representación de Cristo conducía necesariamente a errores cristológicos.
El razonamiento iconoclasta planteaba un dilema: si el pintor pretendía representar la divinidad de Cristo, intentaba representar aquello que por naturaleza es invisible e incircunscribible; si representaba únicamente su humanidad, parecía separarla de su divinidad. Los iconoclastas presentaban así el icono como una amenaza contra la confesión correcta de Cristo.
En ese contexto fueron pronunciados anatemas específicos contra Germán, Juan Damasceno y Jorge de Chipre. La fórmula de Hieria llegó a afirmar que la Trinidad había destruido a aquellos tres adversarios de la iconoclasia. Décadas después, el II Concilio de Nicea respondería invirtiendo significativamente aquella condena y honrando su memoria.
La Encarnación en el centro de la defensa
La afirmación más importante conservada de Jorge de Chipre sitúa su pensamiento exactamente en el centro de la teología del icono. En una discusión con un obispo iconoclasta sostuvo que quien rechazaba de aquel modo la imagen terminaba blasfemando contra el Hijo de Dios y no confesando plenamente su economía realizada en la carne.
La expresión es decisiva. El problema del icono no se reduce a decidir si una determinada imagen religiosa resulta conveniente o agradable. Se refiere a aquello que ha sucedido en la Encarnación.
El Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre. Entró en la historia, asumió nuestra carne y se hizo visible. La salvación cristiana no se realizó al margen de la materia, sino mediante una humanidad verdadera asumida por el Verbo.
Por eso la defensa del icono conduce necesariamente hacia la Encarnación.
Una fe que no puede convertirse en abstracción
La argumentación de Jorge de Chipre toca una de las consecuencias más profundas de la controversia. Si se separa radicalmente la fe cristiana de la posibilidad de representar al Verbo encarnado, existe el riesgo de convertir el cristianismo en una realidad puramente abstracta, desligada de la carne y de la historia.
El icono afirma justamente lo contrario. Cristo no es una idea. El Evangelio anuncia que el Verbo nació, vivió entre los hombres, fue visto y tocado, padeció, murió y resucitó. La imagen de Cristo se apoya sobre esa realidad histórica.
El iconógrafo no pretende pintar la naturaleza divina. Pinta al Hijo de Dios según la humanidad que verdaderamente asumió. La posibilidad del icono nace, por tanto, del mismo acontecimiento que hace posible la salvación cristiana: el Verbo se hizo carne.
Jorge de Chipre y la economía de la salvación
La expresión «economía cumplida en la carne» permite comprender la profundidad de la respuesta de Jorge. En el lenguaje de los Padres, la economía divina se refiere al desarrollo del designio salvador de Dios en la historia. La Encarnación ocupa el centro de esa economía porque en ella Dios entra realmente en nuestra condición humana.
La materia no queda fuera de la salvación. El cuerpo de Cristo pertenece a ella. También pertenecen a ella el agua del Bautismo, el pan y el vino eucarísticos y todos aquellos elementos materiales que la Iglesia pone al servicio de la vida sacramental y litúrgica.
La defensa de las imágenes se integra dentro de esa misma visión. Si el Verbo asumió la materia sin dejar de ser Dios, la materia puede ser también vehículo de una referencia hacia lo divino. El icono no diviniza la madera o los pigmentos, pero tampoco considera la materia incapaz de servir a la confesión de la fe.
Jorge de Chipre, Germán y Juan Damasceno
Resulta especialmente significativo que Hieria colocase juntos a Germán de Constantinopla, Jorge de Chipre y Juan Damasceno. Sus trayectorias fueron diferentes, pero los iconoclastas comprendieron que los tres representaban una misma resistencia.
Germán había defendido las imágenes desde la sede patriarcal de Constantinopla y había perdido su puesto por negarse a aceptar la política imperial. Juan Damasceno, fuera de las fronteras políticas del Imperio, pudo desarrollar una defensa sistemática del icono en sus discursos contra quienes rechazaban las imágenes. Jorge de Chipre aparece junto a ellos como un tercer testigo cuya importancia debió de ser suficientemente conocida en el siglo VIII como para merecer una condena nominal.
Ese dato resulta particularmente valioso precisamente porque sabemos tan poco de él. No necesitamos engrandecer su figura mediante datos inseguros: la propia condena de sus adversarios demuestra el lugar que ocupó.
La rehabilitación en el II Concilio de Nicea
En el año 787, el II Concilio de Nicea rechazó la doctrina de Hieria y restableció solemnemente la legitimidad de la veneración de las imágenes. Aquellos a quienes los iconoclastas habían condenado aparecieron entonces reconocidos como defensores de la fe de la Iglesia.
La memoria de Germán, Juan Damasceno y Jorge de Chipre fue rehabilitada. Frente a la condena pronunciada en 754, Nicea II presentó a los tres como hombres glorificados por su fidelidad.
La inversión resulta enormemente significativa. Los mismos nombres que Hieria había utilizado para señalar a los grandes responsables de la resistencia iconódula se convirtieron en Nicea II en testigos de la doctrina que terminaría siendo reconocida por el VII Concilio Ecuménico.
¿Fue Jorge de Chipre autor de la Nouthesia?
Existe un texto conocido como Nouthesia gerontos peri ton hagion eikonon, que puede traducirse aproximadamente como Admonición de un anciano sobre los santos iconos, tradicionalmente relacionado con Jorge de Chipre.
Sin embargo, aquí es necesario mantener la prudencia. La atribución de esta obra a Jorge no puede considerarse completamente segura. La investigación ha discutido tanto su autoría como algunos aspectos de su datación. Por eso no conviene utilizarla como si poseyéramos un tratado indiscutiblemente escrito por él.
Esto no disminuye la importancia histórica de Jorge. Al contrario, permite distinguir con claridad entre aquello que conocemos con certeza y aquello que pertenece al terreno de la atribución. Su condena en Hieria, su asociación con Germán y Juan Damasceno y su defensa cristológica de la economía de Cristo realizada en la carne bastan para situarlo entre los protagonistas de la primera resistencia iconódula.
Jorge de Chipre y la tradición del icono
Jorge de Chipre nos recuerda que la historia de la defensa del icono fue más amplia que los grandes nombres cuyos tratados han llegado completos hasta nosotros. Junto a San Juan Damasceno, San Germán, San Nicéforo o San Teodoro existieron otros monjes, obispos y confesores que sostuvieron la legitimidad de las imágenes cuando hacerlo podía conducir al exilio, a la persecución o a la condena.
Su enseñanza conservada nos conduce nuevamente al punto fundamental: el icono pertenece a la lógica de la Encarnación. No pretende capturar la divinidad ni convertir la materia en Dios. Confiesa que el Hijo de Dios asumió verdaderamente nuestra humanidad y que aquello que se hizo visible puede ser representado según la carne.
Jorge de Chipre fue condenado por los iconoclastas precisamente porque comprendió que la cuestión de las imágenes no podía separarse de la confesión de Cristo.
Y Nicea II terminaría reconociendo que, en aquella defensa, estaba del lado de la Tradición de la Iglesia.
































