San Gregorio Magno y las imágenes sagradas

San Gregorio Magno, papa de Roma entre los años 590 y 604, pertenece a una época muy anterior a la gran controversia iconoclasta que sacudiría el Imperio bizantino en los siglos VIII y IX. Sin embargo, sus escritos contienen uno de los testimonios patrísticos occidentales más importantes sobre el lugar de las imágenes dentro de la Iglesia.
Su intervención resulta especialmente valiosa porque nace de un problema concreto. El obispo Sereno de Marsella, preocupado porque algunos fieles estaban dando a las imágenes un culto indebido, decidió destruirlas. Gregorio aprobó su intención de combatir la idolatría, pero rechazó con claridad la destrucción de las imágenes. La respuesta del papa establece una distinción fundamental que aparecerá repetidamente en la tradición cristiana: una cosa es adorar una imagen y otra servirse de ella para conocer aquello que debe ser adorado.
Sereno de Marsella y la destrucción de las imágenes
A finales del siglo VI, Gregorio recibió noticias de que Sereno, obispo de Marsella, había encontrado fieles que rendían a determinadas imágenes un culto que consideraba impropio. Para acabar con aquella práctica, el obispo hizo destruir las imágenes de las iglesias.
La reacción de Gregorio es muy significativa. No reprocha a Sereno que combata la idolatría. Al contrario, reconoce que su celo contra la adoración de objetos materiales es correcto. Lo que censura es el remedio elegido.
Las imágenes no debían ser adoradas, pero tampoco debían ser destruidas.
Esta posición evita los dos extremos que aparecerán una y otra vez en la historia cristiana de la imagen. La materia no debe convertirse en una divinidad, pero el miedo a la idolatría tampoco justifica eliminar toda representación sagrada.
Una cosa es adorar la pintura y otra aprender mediante ella
En su segunda carta a Sereno, Gregorio formula con extraordinaria claridad la distinción sobre la que descansa su argumento: una cosa es adorar una pintura y otra aprender, mediante la historia representada en ella, aquello que debe ser adorado.
La imagen posee, por tanto, una función relativa. No reclama para sí aquello que pertenece a Dios. Su finalidad consiste en conducir a quien la contempla hacia una realidad que está más allá de la propia materia.
La tabla, el muro o los pigmentos no constituyen el término de la mirada cristiana. Lo representado permite que el fiel recuerde un acontecimiento, conozca una historia y dirija su atención hacia aquello que la imagen significa.
Gregorio todavía no emplea el lenguaje técnico que varios siglos después desarrollarán San Juan Damasceno, San Nicéforo o San Teodoro Estudita acerca de la relación entre imagen y Prototipo. Sin embargo, su distinción contiene ya una intuición fundamental: la imagen no debe detener la mirada en sí misma.
Lo que la escritura ofrece al lector, la pintura lo ofrece a la mirada
De las cartas a Sereno procede una de las afirmaciones más conocidas de San Gregorio Magno acerca de las imágenes. Para quienes no pueden leer los libros, explica, la pintura permite conocer mediante la vista aquello que otros reciben por medio de la escritura.
La comparación entre palabra e imagen no significa que ambas sean idénticas. Significa que pueden colaborar en la transmisión de una misma historia. La Escritura comunica mediante palabras; la pintura presenta visiblemente aquello que ha sucedido.
Por eso Gregorio no considera las imágenes un simple adorno del templo. Tienen una función concreta dentro de la transmisión de la fe. Quien contempla una escena puede reconocer en ella los acontecimientos de la historia sagrada, las acciones de Cristo o los ejemplos de los santos.
La pared de una iglesia puede convertirse así en una forma de lectura.
Más que una «Biblia para los analfabetos»
La enseñanza de Gregorio suele resumirse diciendo que las imágenes son la «Biblia de los analfabetos». La expresión resulta útil, pero puede quedarse corta si se reduce todo su pensamiento a una simple función pedagógica.
En su segunda carta a Sereno, Gregorio pide que las imágenes sean conservadas no únicamente para transmitir información. Quiere también que, contemplando aquello que ha sido representado, el fiel experimente compunción y sea movido hacia la adoración de la Santísima Trinidad.
La imagen no actúa solamente sobre la memoria o sobre la inteligencia. Puede afectar también a la vida interior de quien la contempla.
Ver la historia representada puede despertar una respuesta espiritual.
Este aspecto permite comprender mejor por qué la imagen religiosa no puede reducirse a una ilustración. La enseñanza conduce hacia algo más profundo: aquello que los ojos contemplan puede mover el corazón hacia la oración.
La imagen como memoria de la historia sagrada
Gregorio utiliza repetidamente la idea de historia. La pintura permite conocer los acontecimientos que representa y conservarlos ante los ojos.
Esta dimensión es fundamental para comprender la función cristiana de la imagen. El cristianismo no se basa únicamente en ideas abstractas, sino en acontecimientos que la Iglesia proclama como sucedidos realmente en la historia: la Encarnación, la vida de Cristo, su Pasión, su Resurrección y la vida de quienes dieron testimonio de Él.
La representación hace que estos acontecimientos permanezcan visibles ante la comunidad. La imagen ayuda a recordarlos y permite que aquello que ha sido anunciado mediante la palabra permanezca también ante los ojos.
No sustituye la historia. La hace visible.
Contra la idolatría y contra la destrucción de las imágenes
La posición de San Gregorio resulta especialmente equilibrada porque rechaza simultáneamente dos errores. Por un lado, niega que una imagen pueda recibir la adoración que pertenece exclusivamente a Dios. Por otro, rechaza que el abuso de algunos fieles justifique destruir las imágenes.
Gregorio pide a Sereno que corrija la práctica equivocada, explique adecuadamente el sentido de las representaciones y permita que las imágenes continúen en las iglesias.
Su respuesta es, por tanto, pastoral y doctrinal al mismo tiempo. No basta con prohibir. Es necesario enseñar a mirar correctamente.
La solución al mal uso de una imagen no consiste en eliminarla, sino en educar la mirada del creyente.
San Gregorio Magno antes de la iconoclasia
La importancia de este episodio aumenta cuando recordamos su fecha. Gregorio murió en el año 604, más de un siglo antes del comienzo de la gran iconoclasia bizantina.
Por eso no puede ser llamado «iconódulo» en el mismo sentido histórico que San Germán, San Juan Damasceno, San Nicéforo o San Teodoro Estudita. No participó en aquella controversia ni tuvo que responder a los argumentos cristológicos desarrollados posteriormente por los iconoclastas.
Su testimonio demuestra algo diferente y muy importante: la legitimidad de las imágenes y la reflexión sobre su uso en la Iglesia son anteriores a la controversia iconoclasta.
Cuando los grandes defensores de los iconos del siglo VIII buscaron las raíces patrísticas de su posición, no estaban inventando de nuevo el lugar de la imagen cristiana. Encontraban una tradición que ya había reflexionado sobre ella mucho antes.
San Gregorio Magno y la tradición occidental
El pensamiento de Gregorio ejerció una enorme influencia en Occidente. Su comparación entre escritura e imagen se repetiría durante siglos y contribuiría decisivamente a la comprensión occidental de la función didáctica de las representaciones sagradas.
Sin embargo, la tradición oriental desarrollaría posteriormente una teología del icono más amplia, especialmente en torno a la Encarnación, la relación entre imagen y Prototipo y la veneración. Esto no convierte las dos perspectivas en opuestas. Gregorio responde a un problema concreto y ofrece aquello que aquel problema exigía: distinguir entre idolatría e imagen cristiana y explicar por qué las representaciones debían permanecer en las iglesias.
Su aportación pertenece, por tanto, a la misma historia que culminará mucho después en el II Concilio de Nicea.
Aprender a mirar el icono
Las cartas de Gregorio a Sereno siguen ofreciendo una enseñanza especialmente actual. Una imagen puede ser utilizada de forma incorrecta. Puede convertirse en objeto de superstición o ser contemplada sin comprender aquello hacia lo que conduce. Pero ninguna de estas posibilidades invalida su verdadera función.
El problema no se resuelve destruyendo la imagen.
Se resuelve enseñando a contemplarla.
Para el iconógrafo esta afirmación posee una importancia particular. El trabajo de sus manos no debería conducir al espectador hacia la materia como término último de la contemplación. La imagen debe abrir la mirada hacia una realidad que la supera.
San Gregorio Magno comprendió que la pintura podía enseñar, recordar y mover interiormente al creyente. Por eso, frente a quien había destruido las imágenes para evitar su abuso, respondió con una solución mucho más profunda: conservarlas y enseñar a mirarlas correctamente.
































