San Gregorio II y la defensa de los iconos
Actualizado: hace 20 horas

San Gregorio II ocupa un lugar importante en la primera resistencia a la iconoclasia bizantina. Fue papa entre 715 y 731, precisamente durante los años en los que el emperador León III comenzó a imponer una política contraria a la veneración de las imágenes. Mientras San Germán se enfrentaba al emperador desde Constantinopla y San Juan Damasceno comenzaba a desarrollar en Oriente una defensa teológica de los iconos, Roma rechazó también la nueva doctrina.
Su figura muestra que la defensa de las imágenes no fue una cuestión limitada a una región del mundo cristiano. Desde los primeros momentos de la controversia hubo resistencia tanto en Constantinopla como en los territorios orientales y en Roma. Gregorio II pertenece a esa primera generación que tuvo que decidir si aceptaba que la veneración tradicional de las imágenes fuese condenada como idolatría.
Roma frente a la política iconoclasta de León III
La controversia adquirió una gravedad especial cuando León III intentó extender su política religiosa más allá de Constantinopla. El emperador pretendía intervenir directamente en una cuestión que afectaba a la vida litúrgica y doctrinal de la Iglesia: la presencia y veneración de las imágenes de Cristo, de la Madre de Dios y de los santos.
Gregorio II rechazó esta política. Su oposición no significaba simplemente defender una costumbre artística romana, sino resistirse a que una cuestión de fe pudiera resolverse mediante una decisión imperial. Detrás del conflicto aparecía una pregunta mucho más profunda: si la imagen cristiana podía ser condenada como idolatría sin tener en cuenta la Encarnación y la tradición recibida por la Iglesia.
Gregorio II y San Germán de Constantinopla
La resistencia de Gregorio II estuvo estrechamente relacionada con la de San Germán I de Constantinopla. León III intentó obtener el apoyo de ambos, pero Germán se negó a aceptar la nueva política iconoclasta y terminó siendo apartado de su sede.
Gregorio II respaldó la firmeza del patriarca y se opuso también a la intervención imperial. La controversia adquiría así una dimensión eclesial muy clara. No se discutía únicamente sobre la presencia de imágenes en los templos, sino también sobre quién podía decidir acerca de una cuestión doctrinal.
La autoridad imperial era inmensa dentro del mundo bizantino, pero la fe de la Iglesia no podía depender simplemente de la voluntad del emperador.
La Encarnación hace posible la imagen
En el fondo de la controversia aparece nuevamente la Encarnación. La tradición cristiana no defiende la imagen porque considere posible representar la naturaleza divina, invisible e incircunscribible. La defiende porque el Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre.
Cristo nació, vivió entre los hombres, fue visto, padeció, murió y resucitó. Los acontecimientos de su vida no pertenecen al mundo de las ideas, sino a la historia. Precisamente por eso pueden ser relatados mediante la palabra y también representados mediante la imagen.
La posibilidad del icono nace de esa realidad. El iconógrafo no pretende pintar la naturaleza divina de Cristo. Representa al Verbo encarnado según la humanidad que verdaderamente asumió.
Con la voz, con las letras y con las pinturas
Entre los textos transmitidos bajo el nombre de Gregorio II se conserva una formulación especialmente significativa. El razonamiento parte de una pregunta sencilla: si Cristo no hubiera nacido, realizado milagros, padecido, resucitado y ascendido al cielo, no habría nada que representar. Pero si todos esos acontecimientos sucedieron verdaderamente, entonces pueden ser narrados con la voz, con las letras y con las pinturas.
La imagen aparece así junto a la palabra como una forma distinta de proclamar una misma realidad. El Evangelio es escuchado y leído; el icono permite que aquello que se anuncia llegue también a la mirada.
De esta tradición procede también la expresión per litteras et per picturas, por las letras y por las imágenes. Palabra e imagen no compiten entre sí. Ambas pueden ponerse al servicio de la proclamación del mismo misterio.
La forma concreta en que algunas cartas atribuidas a Gregorio II han llegado hasta nosotros ha sido discutida por la investigación histórica. Por eso conviene distinguir entre la firme oposición del papa a la iconoclasia, que está sólidamente atestiguada, y la atribución exacta de determinados textos transmitidos bajo su nombre.
La imagen no es un ídolo
Uno de los principales argumentos iconoclastas consistía en identificar la veneración de una imagen con la idolatría. Sin embargo, esta identificación ignoraba la diferencia entre considerar una materia como una divinidad y venerar a la persona representada mediante una imagen.
La madera no es Dios. Los pigmentos no son Dios. Tampoco el icono sustituye a la persona representada. La imagen existe siempre en relación con aquel a quien representa.
Esta distinción será formulada con mayor precisión a lo largo de la controversia y encontrará su expresión definitiva en el II Concilio de Nicea. Pero ya permite comprender por qué la defensa de los iconos no significaba una vuelta al paganismo, sino una afirmación de que la materia podía ponerse al servicio de la confesión cristiana.
El emperador y la doctrina de la Iglesia
La oposición de Gregorio II a León III puso también de manifiesto otro problema fundamental: la relación entre el poder imperial y la autoridad de la Iglesia.
El emperador podía gobernar el Imperio, pero eso no significaba que pudiera definir unilateralmente una cuestión doctrinal. La iconoclasia convirtió así el problema de las imágenes en una discusión sobre los límites de la autoridad política en materia de fe.
Gregorio II no respondió simplemente mediante una rebelión política. Su resistencia fue fundamentalmente doctrinal. Rechazó que una decisión imperial pudiera sustituir el discernimiento de la Iglesia y modificar una tradición religiosa profundamente arraigada.
Roma y la defensa de los iconos
La actitud de Gregorio II contribuyó también a reforzar la resistencia a la iconoclasia en Occidente. La política de León III encontró una fuerte oposición en Italia y aumentó las tensiones existentes entre Roma y Constantinopla.
Sin embargo, reducir el conflicto a una cuestión política sería insuficiente. Para Gregorio II, la discusión seguía siendo esencialmente religiosa. La imagen pertenecía a la tradición de la Iglesia y su condena no podía establecerse simplemente mediante una orden imperial.
Su figura demuestra que la defensa del icono tuvo desde muy pronto una dimensión amplia. San Germán resistía desde Constantinopla, San Juan Damasceno desde los territorios orientales y Gregorio II desde Roma.
De Gregorio II a Gregorio III
Gregorio II murió en el año 731. Su sucesor, Gregorio III, continuó inmediatamente la defensa de las imágenes y adoptó una posición todavía más explícita frente a la política iconoclasta.
La oposición romana no terminó, por tanto, con la muerte de Gregorio II. Se convirtió en una línea de continuidad que acompañaría el desarrollo de la primera crisis iconoclasta.
Décadas después, el II Concilio de Nicea de 787 afirmaría solemnemente la legitimidad de la veneración de las imágenes y formularía con precisión algunos de los principios que habían defendido desde el comienzo quienes se opusieron a la iconoclasia.
San Gregorio II y la tradición del icono
San Gregorio II no ocupa en la historia de la teología del icono el mismo lugar que San Juan Damasceno, San Nicéforo o San Teodoro Estudita, cuyos escritos ofrecen desarrollos doctrinales mucho más extensos. Su importancia es distinta. Pertenece a la primera generación que tuvo que decidir si aceptaba o rechazaba la política iconoclasta de León III. Y decidió resistir.
Su posición recuerda que la defensa del icono no fue una reacción tardía surgida después de décadas de controversia. Desde los primeros momentos hubo obispos, monjes y pastores que comprendieron que no se estaba discutiendo simplemente sobre una forma de arte, sino sobre la relación entre la materia y la salvación, entre lo visible y lo invisible y, finalmente, sobre las consecuencias de afirmar que el Verbo se hizo verdaderamente carne.
































