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San Basilio Magno y la imagen: del Prototipo al icono

hace 3 días
5 min de lectura

San Basilio Magno, icono tradicional y teología de la imagen y el Prototipo
San Basilio Magno, icono tradicional y teología de la imagen y el Prototipo

San Basilio Magno vivió en el siglo IV, mucho antes de que comenzara la gran controversia iconoclasta. No conoció, por tanto, las disputas de los siglos VIII y IX ni escribió un tratado destinado a defender los iconos frente a quienes pretendían destruirlos. Sin embargo, algunas de sus formulaciones desempeñaron posteriormente un papel decisivo en la teología cristiana de la imagen.

Los grandes defensores de los iconos recurrieron a Basilio porque encontraron en su pensamiento una idea capaz de expresar con extraordinaria precisión la relación entre una imagen y aquello que representa: el honor tributado a la imagen pasa a su Prototipo.

Esta fórmula terminaría convirtiéndose en uno de los principios fundamentales de la doctrina del icono.


La imagen del rey

La expresión aparece en el tratado de San Basilio Sobre el Espíritu Santo, escrito en el contexto de su reflexión sobre la relación entre el Padre y el Hijo. Basilio utiliza el ejemplo de un rey y de su imagen para explicar cómo puede existir distinción sin división de la gloria.

Cuando alguien contempla la imagen del rey, explica, no habla de dos reyes. La imagen remite a aquel que está representado en ella. Por eso el honor dirigido a la imagen alcanza al original.

Basilio no estaba formulando en ese momento una doctrina específica sobre los iconos pintados. Su tema era trinitario. Pero el principio que establecía poseía una enorme fuerza y los Padres posteriores comprendieron inmediatamente sus consecuencias para la teología de la imagen.

La imagen no existe encerrada en sí misma. Existe en relación con su Prototipo.


«El honor tributado a la imagen pasa al Prototipo»

Esta frase de San Basilio será repetida durante siglos por los defensores de los iconos. San Juan Damasceno la incorporará explícitamente a su argumentación y el II Concilio de Nicea la utilizará para explicar por qué la veneración dirigida hacia una imagen no termina en la materia.

El principio permite distinguir con claridad entre el objeto material y la persona representada. Cuando un fiel venera un icono de Cristo, su gesto no termina en la madera ni en los pigmentos. La imagen conduce hacia Cristo.

Del mismo modo, un icono de la Madre de Dios remite a la propia Virgen, y la imagen de un santo remite a la persona representada.

El icono posee así un carácter esencialmente relacional. Si se rompe esa relación con el Prototipo, deja de comprenderse aquello que hace de la imagen una realidad verdaderamente iconográfica.


La imagen no duplica al Prototipo

El ejemplo utilizado por Basilio permite además evitar otro error. La imagen no constituye una segunda realidad idéntica al original.

Cuando se representa al rey no aparecen dos reyes. La autoridad del soberano no se divide porque exista su imagen. De la misma manera, la veneración del icono no crea otra persona distinta de aquella que aparece representada.

La imagen y el Prototipo permanecen diferentes, pero existe entre ambos una relación fundada en la semejanza y en la representación.

Esta distinción será desarrollada con mucha mayor precisión durante la controversia iconoclasta por San Nicéforo y San Teodoro Estudita. Sin embargo, el ejemplo de Basilio proporcionó a los iconódulos un principio patrístico especialmente fecundo para expresar esa relación.


San Basilio y la pintura de los mártires

Existe otro texto atribuido tradicionalmente a San Basilio que tuvo una enorme importancia para la posterior defensa de las imágenes. Se trata de la homilía dedicada al mártir San Barlaam.

Después de intentar describir mediante palabras el valor del mártir, el predicador se dirige a los pintores y les pide que completen mediante su arte aquello que su discurso no ha conseguido expresar plenamente. Invita a representar las hazañas de Barlaam y reconoce que la pintura puede mostrar de una manera especialmente viva aquello que él ha intentado narrar.

La idea es extraordinariamente significativa: palabra e imagen pueden narrar una misma realidad utilizando lenguajes distintos.

El orador habla al oído. El pintor habla a la mirada.


Cuando la pintura continúa la palabra

La homilía sobre San Barlaam muestra que la imagen no aparece simplemente como decoración. La pintura participa de la memoria del mártir y permite que su testimonio permanezca visible ante quienes lo contemplan.

Basilio había comenzado utilizando palabras. Después entrega el mismo tema al pintor. El acontecimiento no cambia; cambia el medio mediante el cual se transmite.

Esta intuición será posteriormente desarrollada por otros Padres. La predicación anuncia mediante la palabra y la pintura muestra mediante la imagen. Ambas pueden conducir hacia una misma realidad.

Por eso la tradición cristiana no ha considerado necesariamente palabra e imagen como dos lenguajes rivales. El icono no ocupa el lugar del Evangelio y el Evangelio no hace innecesaria la imagen. Cada uno se dirige al hombre mediante una facultad distinta.

La palabra alcanza el oído. La imagen alcanza la mirada.


La imagen del mártir como llamada a la imitación

La representación de San Barlaam posee además una dimensión espiritual. No se trata simplemente de conservar un dato histórico. Al presentar visualmente la fortaleza del mártir, la imagen propone también su ejemplo.

El mártir aparece ante los ojos para que su fidelidad pueda ser recordada e imitada.

Aquí se encuentra una de las funciones tradicionales de la imagen de los santos. El icono conserva la memoria de una persona concreta, pero al mismo tiempo muestra lo que la gracia de Dios puede realizar en una vida humana.

Contemplar al santo no significa detenerse únicamente en su rostro. Significa descubrir una existencia transformada y recibir de ella una llamada.


San Basilio y los defensores de los iconos

Cuando la controversia iconoclasta estalló varios siglos después, los defensores de las imágenes buscaron en los Padres anteriores testimonios capaces de demostrar que la veneración de las imágenes no constituía una innovación reciente.

San Basilio adquirió entonces una importancia extraordinaria.

San Juan Damasceno cita su principio acerca de la imagen y el Prototipo y lo aplica directamente a la veneración de los iconos. La tradición conciliar hará lo mismo. Aquello que Basilio había expresado inicialmente mediante el ejemplo del rey se convirtió en una de las formulaciones más repetidas de la teología iconográfica.

La razón resulta sencilla: aquella frase explica en pocas palabras algo esencial.

El honor no termina en la imagen. Pasa a quien está representado en ella.


Del Padre al Hijo y del icono al Prototipo

Conviene conservar una distinción importante. En Sobre el Espíritu Santo, Basilio no está hablando originalmente de una tabla pintada, sino de la relación entre el Padre y el Hijo. Cristo es Imagen del Padre de una manera que ningún icono creado puede serlo, porque el Hijo pertenece a la misma naturaleza divina.

Un icono de Cristo, en cambio, es una realidad creada y material.

Los iconódulos no ignoraron esta diferencia. Lo que tomaron de Basilio fue el principio relacional: la imagen no puede comprenderse separada de aquel cuyo aspecto manifiesta.

Por eso su formulación pudo ser aplicada posteriormente al icono sin confundir nunca una imagen pintada con la persona divina.


San Basilio y la tradición del icono

San Basilio no fue un defensor de los iconos en el sentido histórico en que lo fueron San Germán, San Juan Damasceno, San Nicéforo o San Teodoro Estudita. Murió siglos antes de que apareciera la iconoclasia bizantina.

Su importancia es quizá todavía más profunda.

Sus textos muestran que algunos de los principios utilizados posteriormente para defender las imágenes no fueron inventados durante la controversia iconoclasta. Procedían de una reflexión patrística anterior sobre la imagen, la semejanza, la palabra y la representación.

La iconoclasia obligaría a la Iglesia a desarrollar y precisar esos principios, pero no partió de cero.

En San Basilio encontramos ya dos intuiciones que acompañarán toda la historia de la teología del icono: la imagen existe en relación con su Prototipo y la pintura puede hacer visible aquello que la palabra anuncia.

Por eso, muchos siglos después de su muerte, sus palabras permanecerían en el centro de la defensa de las imágenes.

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