Palabra e imagen en los Padres de la Iglesia: cómo el icono anuncia el Evangelio

Cuando hablamos del icono es frecuente escuchar que la imagen servía antiguamente como una especie de «Biblia para los iletrados». La expresión contiene una parte de verdad, pero resulta insuficiente para explicar lo que los Padres de la Iglesia entendieron acerca de la imagen cristiana. Sus textos muestran algo más profundo: palabra e imagen pueden anunciar una misma realidad de fe mediante lenguajes diferentes. La palabra llega principalmente al oído; la imagen se ofrece a la vista. No son idénticas, pero tampoco se oponen.
Esta concepción no nació durante la querella iconoclasta de los siglos VIII y IX. Mucho antes de que fuera necesario defender teológicamente los iconos, varios Padres habían comparado ya la predicación con la pintura, el libro con la imagen y la narración verbal con aquello que los colores presentan ante los ojos. La controversia iconoclasta obligaría después a desarrollar doctrinalmente algo que la Iglesia llevaba siglos practicando.
San Basilio Magno: cuando la pintura continúa lo que la palabra ha comenzado
Uno de los testimonios más antiguos y significativos aparece en San Basilio Magno, en su homilía dedicada al mártir Barlaam. Después de intentar expresar mediante la palabra la grandeza del martirio, Basilio parece reconocer los límites de su propio discurso y llama a los pintores para que continúen la tarea.
No considera que la pintura sea un simple adorno colocado después de la predicación. Invita a los artistas a mostrar mediante formas y colores aquello que él ha tratado de expresar verbalmente. Llega incluso a aceptar que la pintura pueda vencer a su propio discurso en la capacidad de hacer presente ante los ojos el combate del mártir.
La importancia de este texto está también en su antigüedad. San Basilio murió en el año 379, varios siglos antes de la gran crisis iconoclasta. La comparación entre palabra e imagen no fue, por tanto, una argumentación inventada posteriormente para justificar los iconos, sino que formaba ya parte de la reflexión cristiana sobre la capacidad de las imágenes para transmitir aquello que la Iglesia proclamaba.
San Gregorio de Nisa: una pintura silenciosa que sabe hablar
Encontramos una formulación todavía más expresiva en San Gregorio de Nisa. En su discurso sobre el mártir Teodoro describe el santuario dedicado al santo y las pinturas que narraban su martirio. El pintor había representado mediante colores sus combates, sus sufrimientos, a sus perseguidores y finalmente a Cristo.
Gregorio compara aquella pintura con un libro capaz de narrar una historia y afirma que la pintura, aun permaneciendo silenciosa, sabe hablar desde la pared. La paradoja resulta especialmente significativa: la imagen no pronuncia palabras, pero transmite una narración. El fiel puede recorrer con la mirada aquello que el predicador relataría mediante la voz.
Para Gregorio de Nisa, por tanto, la pintura no es muda en sentido espiritual. Posee su propio modo de decir. La pared deja de ser una superficie decorada para convertirse en portadora de memoria y enseñanza.
Asterio de Amasea: el pintor también narra
A finales del siglo IV encontramos otro testimonio especialmente interesante en Asterio de Amasea, en su discurso dedicado a Santa Eufemia. Asterio describe una pintura situada junto al sepulcro de la mártir y establece una relación muy clara entre la narración oral y la representación pictórica.
Primero recuerda cómo los ministros de la Iglesia enseñaban verbalmente al pueblo el martirio de Eufemia. Después presenta al pintor realizando algo paralelo: había representado mediante su arte toda aquella historia. Asterio recorre entonces las distintas escenas pintadas, el juicio, los soldados, los instrumentos del martirio, la prisión y la oración de la santa.
El acontecimiento puede ser contado con palabras y también puede ser narrado mediante formas y colores. La imagen no sustituye al relato, pero lo hace visible.
San Gregorio Magno: leer aquello que está pintado
En Occidente, San Gregorio Magno formulará esta relación de una manera que llegará a hacerse célebre. El obispo Sereno de Marsella había destruido imágenes porque algunos fieles estaban haciendo de ellas un uso indebido. Gregorio aprobó que combatiera su adoración, pero le reprochó expresamente que las hubiera destruido.
Su argumento establece una diferencia fundamental entre adorar una pintura y aprender mediante aquello que representa. Para Gregorio, lo que la escritura ofrece a quienes saben leer, la pintura puede ofrecer a quienes la contemplan sin conocer las letras.
Quien no puede leer un libro puede, de algún modo, leer una imagen. La pintura adquiere así una verdadera función de enseñanza y de memoria.
Sin embargo, la tradición oriental llevará esta relación todavía más lejos. El icono no será solamente un recurso destinado a quienes no saben leer. También aquellos que conocen las Escrituras necesitan la imagen, porque vista y oído reciben de manera distinta aquello que la Iglesia anuncia.
San Juan Damasceno: la palabra para el oído, la imagen para la vista
Con San Juan Damasceno llegamos a una de las formulaciones fundamentales de toda la teología del icono. En sus discursos contra quienes rechazaban las imágenes sagradas establece una correspondencia explícita entre palabra e imagen: lo que la palabra ofrece al oído, la imagen lo presenta a la vista.
Esta comparación no significa que ambas sean idénticas. El libro conserva su naturaleza de texto y el icono continúa siendo imagen. Pero cada uno actúa sobre un sentido diferente y puede conducir hacia una misma realidad.
El Damasceno desarrolla todavía más esta idea al recordar que los apóstoles pudieron ver corporalmente a Cristo, escuchar sus palabras, contemplar sus milagros y presenciar su Pasión. Las generaciones posteriores reciben esas palabras por medio de los libros y pueden contemplar su figura y sus acciones mediante las imágenes.
La Escritura permite escuchar nuevamente aquello que fue anunciado. El icono permite contemplar aquello que se hizo visible.
San Nicéforo: pintura y escritura transmiten una misma realidad
San Nicéforo de Constantinopla desarrolló ampliamente esta relación durante la segunda etapa de la crisis iconoclasta. Para él, escritura y pintura pueden proponer una misma realidad mediante medios diferentes.
Una utiliza letras; la otra, líneas y colores. Pero ambas pueden anunciar los acontecimientos de la historia de la salvación.
Nicéforo lleva el razonamiento hasta una consecuencia muy clara: no resulta coherente aceptar la narración escrita de Cristo y rechazar por principio su representación visible. Si ambas remiten al mismo acontecimiento y a la misma Persona, no puede considerarse digna una y despreciarse la otra únicamente porque utilicen lenguajes distintos.
El icono no añade un Evangelio diferente. Expresa visualmente aquello que la Iglesia anuncia.
San Teodoro Estudita: lo que se escucha también puede contemplarse
San Teodoro Estudita profundizó todavía más en esta correspondencia. Para él, vista y oído trabajan conjuntamente en la recepción de la verdad cristiana. Cristo puede ser descrito mediante palabras y representado mediante una imagen porque verdaderamente se hizo hombre y pudo ser visto.
Teodoro establece un paralelismo directo entre el Evangelio escrito y la representación iconográfica. De la misma manera que pueden existir muchos ejemplares de un mismo Evangelio sin que existan muchos Evangelios diferentes, pueden existir muchas imágenes de Cristo sin que existan muchos Cristos.
Lo que cambia es el soporte.
La realidad anunciada permanece.
Por eso la pintura no compite con la Escritura. Ambas se encuentran al servicio de una misma confesión de fe.
El II Concilio de Nicea: imagen y Evangelio se esclarecen mutuamente
Cuando el II Concilio de Nicea se reunió en el año 787, no inventó esta relación entre palabra e imagen. Recogió una tradición que llevaba siglos desarrollándose en la Iglesia.
El Concilio vinculó expresamente la representación pictórica con la narración evangélica. La imagen no se opone al Evangelio, sino que guarda relación con aquello que el Evangelio proclama. Ambas se refieren a una misma historia de salvación y pueden esclarecerse mutuamente.
La razón última se encuentra nuevamente en la Encarnación. El Verbo no permaneció únicamente invisible. Se hizo verdaderamente hombre, entró en la historia, tuvo un cuerpo y un rostro y pudo ser contemplado.
La palabra anuncia que el Verbo se hizo carne.
La imagen muestra las consecuencias visibles de esa afirmación.
Más que una «Biblia para los iletrados»
Reducir toda esta tradición a la expresión «Biblia para los iletrados» supone dejar fuera una parte importante del pensamiento patrístico.
Es cierto que muchos Padres reconocieron la utilidad pedagógica de las imágenes para quienes no podían leer. Pero otros textos van mucho más lejos. San Basilio reconoce en la pintura una fuerza expresiva capaz de continuar la predicación; San Gregorio de Nisa habla de una pintura silenciosa que sabe hablar; San Juan Damasceno relaciona directamente palabra y oído con imagen y vista; San Nicéforo y San Teodoro defienden la correspondencia entre la narración escrita y la representación pictórica.
No estamos simplemente ante una sustitución del libro para quien no sabe leer.
Estamos ante dos modos distintos de transmitir y contemplar una misma realidad.
El iconógrafo también anuncia
Esta tradición tiene consecuencias directas para quien trabaja hoy en un taller iconográfico. El iconógrafo no se limita a decorar una iglesia ni a ilustrar un texto. Su tarea pertenece a una tradición en la que la imagen posee un lenguaje propio y una verdadera responsabilidad dentro de la transmisión de la fe.
El predicador trabaja con palabras. El iconógrafo trabaja con líneas, formas, pigmentos, luz y materia. Ninguno puede apropiarse del Misterio que anuncia y ninguno debería inventar otro mensaje distinto del que ha recibido.
Por eso la tradición iconográfica exige fidelidad.
La libertad del iconógrafo no consiste en crear un Evangelio nuevo mediante imágenes, sino en aprender a expresar visualmente aquello que la Iglesia confiesa mediante la palabra.
Quizá por eso conserve tanta fuerza la afirmación de San Gregorio de Nisa: una pintura puede permanecer en silencio y, sin embargo, saber hablar.
El icono no sustituye a la Palabra.
La hace visible.
































