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Iconoclasia: la gran controversia sobre las imágenes en Bizancio

hace 4 días
7 min de lectura
Escena de la Iconoclasia, Salterio de Chludov, siglo IX. Museo Estatal de Historia, Moscú.
Escena de la Iconoclasia, Salterio de Chludov, siglo IX. Museo Estatal de Historia, Moscú.

La historia del icono no puede comprenderse sin detenerse en uno de sus momentos más decisivos: la Iconoclasia, la gran controversia que sacudió al Imperio bizantino durante los siglos VIII y IX y enfrentó a quienes rechazaban la veneración de las imágenes sagradas con quienes defendían su presencia dentro de la vida de la Iglesia.

A primera vista podría parecer una discusión sobre la conveniencia de utilizar imágenes en los templos. Sin embargo, la cuestión era mucho más profunda. Detrás del icono aparecían preguntas fundamentales sobre la Encarnación de Cristo, la relación entre la imagen y la persona representada, la materia, la veneración y la posibilidad misma de representar al Hijo de Dios hecho hombre.

Por eso la controversia iconoclasta terminó desempeñando un papel decisivo en la formulación de la teología del icono.


¿Qué fue la Iconoclasia?

La Iconoclasia fue un movimiento que rechazó la veneración de los iconos y que durante determinados periodos recibió apoyo oficial dentro del Imperio bizantino.

Los iconoclastas consideraban problemática la presencia y veneración de imágenes sagradas. Uno de sus argumentos se apoyaba en las prohibiciones veterotestamentarias contra la fabricación de imágenes destinadas al culto y en el peligro de que la veneración pudiera convertirse en idolatría.

La controversia no permaneció en el terreno de las ideas. Hubo imágenes destruidas o eliminadas, defensores de los iconos perseguidos y una profunda división dentro de la Iglesia y del Imperio.

Pero incluso entre quienes se oponían a los iconos existieron distintas posiciones. Algunos rechazaban especialmente su veneración, mientras que las tendencias más radicales extendieron su rechazo a otras manifestaciones de la santidad vinculadas con la materia, los santos y la propia tradición de la Iglesia.


La primera etapa de la Iconoclasia

La primera gran etapa de la persecución iconoclasta se desarrolló en el siglo VIII y estuvo especialmente vinculada a los emperadores León III el Isauriano y Constantino V.

Durante este periodo la oposición a los iconos recibió respaldo imperial y culminó en el concilio iconoclasta de 754, que condenó su veneración.

La cuestión no era simplemente qué imágenes podían colocarse en una iglesia. El enfrentamiento obligó a precisar qué es exactamente un icono y cuál es la relación que mantiene con la persona que representa.

Esta pregunta iba a convertirse en uno de los puntos centrales de toda la teología posterior de la imagen.


El problema de la idolatría

Una de las acusaciones fundamentales contra la veneración de los iconos era el riesgo de idolatría.

Si alguien se arrodilla ante una tabla pintada, la besa o enciende una lámpara delante de ella, ¿está adorando madera y pigmentos?

La respuesta de los defensores del icono fue clara: la imagen no es idéntica a aquello que representa.

La madera continúa siendo madera y los pigmentos continúan siendo pigmentos. El icono no posee la misma naturaleza que su Prototipo. Existe una diferencia real entre la imagen y la persona representada.

Precisamente por eso la veneración no termina en la materia del icono. La imagen remite a una persona. El honor dirigido a la imagen pasa a su Prototipo.

Esta distinción resulta fundamental para comprender por qué la veneración del icono no puede identificarse con la adoración de un ídolo.


La Iconoclasia y la Encarnación

La discusión alcanzaba su verdadera profundidad cuando se trataba de representar a Cristo.

Dios, en su naturaleza divina, es invisible e indescriptible. Si la cuestión terminara ahí, cualquier intento de representar a Dios parecería imposible.

Pero el cristianismo proclama algo decisivo: el Verbo se hizo carne.

El Hijo de Dios entró verdaderamente en la historia, asumió una naturaleza humana y pudo ser visto por ojos humanos. Cristo tuvo un rostro.

Esta afirmación transforma completamente el problema de la imagen.

El icono de Cristo no pretende representar la esencia divina. Tampoco inventa una apariencia para aquello que nadie ha visto. Representa a la Persona de Cristo según la humanidad que verdaderamente asumió.

Por eso los defensores de los iconos comprendieron que negar radicalmente la posibilidad de representar a Cristo terminaba afectando a la propia comprensión de la Encarnación.


Cristo verdaderamente se hizo hombre

La defensa del icono quedó estrechamente vinculada a la afirmación de que Cristo no asumió una humanidad aparente.

Si el Verbo se hubiera hecho hombre sólo en apariencia, representar su rostro sería efectivamente una falsedad.

Pero si su humanidad fue real, también fue realmente visible.

El icono se convierte así en testimonio de una afirmación central del Evangelio: el Dios invisible ha entrado en la historia y se ha hecho verdaderamente hombre.

La controversia iconoclasta no era, por tanto, una simple disputa estética. En el fondo se discutía sobre las consecuencias de la Encarnación.


San Juan Damasceno y la defensa de la materia

Entre los grandes defensores de los iconos ocupa un lugar fundamental San Juan Damasceno.

Frente a la acusación de que venerar imágenes significaba adorar materia, su respuesta estableció una distinción esencial. El cristiano no adora la materia, sino al Creador de la materia, que quiso entrar en la realidad material mediante la Encarnación.

Esta idea tiene consecuencias importantes para la iconografía.

La tabla no es divina. El pigmento no es divino. El oro tampoco lo es. Pero la materia puede ser utilizada para conducir nuestra mirada hacia una persona representada porque el propio Dios ha querido asumir verdaderamente nuestra condición humana.

El cristianismo no necesita rechazar la materia para defender la trascendencia de Dios.


Imagen y Prototipo

La controversia permitió también precisar la relación entre el icono y su Prototipo.

El icono no contiene físicamente a la persona representada ni posee su misma naturaleza. Si fuera idéntico al Prototipo dejaría de ser una imagen.

Existe diferencia entre ambos y, al mismo tiempo, existe una relación.

El icono lleva el nombre de la persona representada y nos conduce hacia ella. Por eso la veneración no se dirige a madera y pintura consideradas aisladamente, sino a aquel cuya imagen contemplamos.

Esta distinción será fundamental para la formulación conciliar de la veneración de los iconos.


El VII Concilio Ecuménico de Nicea

En el año 787 se reunió el VII Concilio Ecuménico de Nicea, uno de los acontecimientos fundamentales de la historia del icono.

El Concilio defendió la legitimidad de las imágenes sagradas y estableció claramente la diferencia entre la veneración ofrecida a los iconos y la adoración que pertenece únicamente a Dios.

Los iconos de Cristo, de la Madre de Dios, de los ángeles y de los santos podían encontrarse en iglesias, objetos litúrgicos, muros, tablas, casas y otros lugares.

La razón no era simplemente permitir una antigua costumbre.

La imagen estaba relacionada con la propia proclamación del Evangelio. Representar a Cristo confirmaba que el Verbo verdaderamente y no de manera aparente se hizo hombre.


Veneración no significa adoración

Esta distinción continúa siendo fundamental para comprender el icono.

La Iglesia no enseña que la tabla pintada deba recibir la adoración que corresponde exclusivamente a Dios.

El fiel puede besar un icono, inclinarse ante él o encender una lámpara porque estos gestos se dirigen finalmente hacia la persona representada.

El icono actúa como imagen.

No sustituye al Prototipo, no se identifica materialmente con él y no lo encierra dentro de la tabla. Lo hace presente a la memoria y conduce hacia él la veneración del creyente.

De ahí procede la fórmula fundamental según la cual el honor ofrecido a la imagen pasa al Prototipo.


La segunda etapa de la Iconoclasia

La celebración del Concilio de Nicea no puso fin definitivamente al conflicto.

A comienzos del siglo IX la política iconoclasta reapareció bajo el emperador León V el Armenio y continuó bajo sus sucesores.

Comenzó así una segunda etapa de persecución que demostró que la cuestión todavía no estaba resuelta dentro del Imperio.

Los defensores de los iconos volvieron a enfrentarse a la oposición imperial y la controversia continuó durante varias décadas.

La restauración definitiva llegaría en el año 843.


El Triunfo de la Ortodoxia

En 843, bajo la emperatriz Teodora, la veneración de los iconos fue restaurada definitivamente.

Este acontecimiento quedó asociado a la celebración conocida como el Triunfo de la Ortodoxia, que la Iglesia recuerda el primer domingo de la Gran Cuaresma.

El nombre resulta significativo.

No se celebró simplemente el regreso de unas obras de arte a las paredes de las iglesias. La victoria sobre la Iconoclasia fue comprendida como la afirmación de algo mucho más amplio: la realidad de la Encarnación, la posibilidad de la santificación de la creación y la legitimidad de expresar mediante imágenes aquello que la Iglesia confiesa mediante la palabra.

Por eso la victoria sobre la Iconoclasia ocupa un lugar singular dentro de la historia de la tradición iconográfica.


La palabra y la imagen

La defensa del icono permitió formular también una relación profunda entre la palabra y la imagen.

La Sagrada Escritura comunica mediante palabras aquello que el icono manifiesta mediante formas y colores. No significa que ambos sean idénticos, sino que pueden proclamar la misma verdad utilizando lenguajes diferentes.

El icono no se reduce, por tanto, a una ilustración decorativa del Evangelio.

Posee una función dogmática, litúrgica y educativa dentro de la vida de la Iglesia. La imagen participa de una tradición que transmite aquello que la comunidad cristiana cree y celebra.

La Iconoclasia obligó precisamente a hacer explícita esta realidad.


Lo que la Iconoclasia enseñó sobre el icono

Paradójicamente, el gran ataque contra las imágenes contribuyó a que la Iglesia expresara con mayor precisión qué entendía por icono.

La controversia obligó a distinguir entre imagen e ídolo, entre veneración y adoración, entre materia y Prototipo, y entre la imposibilidad de representar la esencia divina y la posibilidad de representar a Cristo porque verdaderamente se hizo hombre.

También dejó claro que el icono no puede comprenderse simplemente como un objeto artístico.

Su existencia está vinculada a la Encarnación y a la vida de la Iglesia.

Por eso conocer la Iconoclasia no significa estudiar únicamente un conflicto ocurrido hace más de mil años. Significa acercarse al momento histórico en el que muchas de las preguntas fundamentales sobre el icono tuvieron que ser respondidas con una claridad que todavía hoy determina nuestra manera de comprenderlo.

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