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II Concilio de Nicea: la defensa de los iconos en 787

hace 4 días
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II Concilio de Nicea o VII Concilio Ecuménico. Fresco de Dionisio, 1502, monasterio de Ferapóntov, Rusia.
II Concilio de Nicea o VII Concilio Ecuménico. Fresco de Dionisio, 1502, monasterio de Ferapóntov, Rusia.

El II Concilio de Nicea, celebrado en el año 787, constituye uno de los acontecimientos fundamentales para comprender la iconografía cristiana. Reconocido como el VII Concilio Ecuménico, respondió a la controversia iconoclasta y formuló con claridad la legitimidad de las imágenes sagradas y de su veneración.

Su importancia va mucho más allá de una decisión sobre si podían colocarse pinturas en las iglesias. En Nicea se abordaron cuestiones esenciales: por qué puede representarse a Cristo, qué relación existe entre una imagen y la persona representada, qué diferencia hay entre venerar un icono y adorar a Dios y qué lugar ocupa la materia dentro de la fe cristiana.

Muchas de las ideas fundamentales que todavía hoy permiten comprender qué es un icono quedaron expresadas con especial claridad en este Concilio.


¿Qué fue el II Concilio de Nicea?

El II Concilio de Nicea se reunió en 787 durante la primera gran crisis iconoclasta del Imperio bizantino.

También es conocido como VII Concilio Ecuménico, porque ocupa ese lugar dentro de la serie de los grandes concilios reconocidos por la tradición de la Iglesia.

Su celebración respondió directamente a la controversia provocada por quienes rechazaban la veneración de los iconos y consideraban que las imágenes religiosas podían conducir a la idolatría.

El Concilio defendió la presencia y veneración de las imágenes de Cristo, la Madre de Dios, los ángeles y los santos y estableció los principios que permiten distinguir entre la imagen y la persona representada.


El problema de los iconos

La pregunta que estaba detrás de la controversia podía formularse de manera sencilla: ¿puede un cristiano venerar una imagen sin convertirla en un ídolo?

Los iconoclastas veían en las imágenes un peligro. La prohibición veterotestamentaria de fabricar imágenes para adorarlas parecía ofrecer un argumento contra su presencia dentro de la Iglesia.

Los defensores de los iconos respondieron que no toda imagen es necesariamente un ídolo.

La cuestión depende de qué representa la imagen, de la relación que mantiene con aquello que representa y del tipo de honor que recibe.

El II Concilio de Nicea tuvo que establecer con precisión estas diferencias.


La Encarnación como fundamento del icono

La defensa cristiana del icono encuentra su fundamento principal en la Encarnación.

Dios es invisible e indescriptible en su naturaleza divina. El icono no pretende representar la esencia de Dios ni dar una forma material a aquello que por naturaleza no puede ser contenido.

Pero el Evangelio proclama que el Verbo se hizo verdaderamente hombre.

Cristo entró en la historia, asumió una humanidad real y pudo ser visto por ojos humanos. No se hizo hombre sólo aparentemente.

Por eso puede ser representado según la humanidad que realmente asumió.

Esta relación entre imagen y Encarnación resulta fundamental para comprender las decisiones de Nicea. La posibilidad del icono de Cristo está unida a la afirmación de que el Hijo de Dios se hizo verdaderamente carne.


Cristo puede ser representado

El icono de Cristo no intenta pintar su naturaleza divina.

Representa a la Persona de Cristo según su humanidad visible.

Esta distinción resulta esencial. Si la divinidad fuera tratada como algo que pudiera encerrarse en una tabla, el icono falsearía aquello que pretende expresar. Pero si negáramos toda posibilidad de representar a Cristo después de la Encarnación, olvidaríamos que el Hijo de Dios quiso entrar realmente en nuestra condición humana.

El icono permanece dentro de esta tensión.

Dios trasciende toda representación y, al mismo tiempo, Cristo ha tenido un rostro.

Por eso el icono no contradice la Encarnación. Da testimonio de ella.


Imagen y Prototipo

Uno de los principios fundamentales confirmados en Nicea es la distinción entre la imagen y su Prototipo.

Un icono de Cristo no es Cristo según su naturaleza.

Un icono de la Madre de Dios no es la propia Theotokos.

La tabla, los pigmentos y el oro mantienen su naturaleza material. La imagen no se convierte físicamente en la persona representada.

Pero tampoco existe una separación absoluta entre ambas.

La imagen remite al Prototipo. Nos presenta un rostro, lleva un nombre y conduce nuestra atención hacia la persona representada.

Por eso la tradición puede afirmar que el honor tributado a la imagen pasa al Prototipo.

Esta frase constituye una de las claves fundamentales para comprender toda la teología del icono.


Veneración y adoración

El II Concilio de Nicea distingue también entre la veneración ofrecida a las imágenes y la adoración que corresponde únicamente a Dios.

Esta diferencia es imprescindible.

Cuando un fiel besa un icono, se inclina ante él o enciende una lámpara en su presencia, no está atribuyendo divinidad a la madera o a la pintura.

El gesto se dirige hacia la persona representada.

La adoración, en sentido estricto, pertenece únicamente a la naturaleza divina. El icono recibe una veneración relativa porque la imagen conduce hacia su Prototipo.

De este modo, el Concilio respondió directamente a la acusación de idolatría.


El icono no es un ídolo

Un ídolo y un icono no son lo mismo.

El ídolo detiene la mirada en sí mismo y convierte el objeto en término de la adoración. El icono, en cambio, remite más allá de su propia materialidad.

Su finalidad no es conseguir que el creyente adore madera, pigmentos u oro.

La materia sirve a una imagen.

Cuando esta relación se comprende correctamente, el icono no sustituye a la persona representada ni pretende poseer su naturaleza. La hace presente a la memoria y orienta hacia ella la veneración.

Por eso la diferencia entre imagen y Prototipo no debilita al icono. Hace posible comprenderlo correctamente.


¿Qué imágenes reconoció el Concilio?

El Concilio confirmó la legitimidad de representar a Jesucristo, la Madre de Dios, los ángeles y los santos.

Estas imágenes podían realizarse mediante diferentes materiales y encontrarse en distintos lugares.

Las fuentes conciliares mencionan su presencia en las iglesias, sobre objetos sagrados, en los muros, sobre tablas y también en las casas y los caminos.

El icono no quedaba reducido, por tanto, a una única técnica ni a un solo espacio.

Lo fundamental era aquello que la imagen representaba y la relación de veneración establecida con su Prototipo.


La materia después de la Encarnación

La controversia sobre los iconos obligó también a reflexionar sobre el lugar de la materia dentro del cristianismo.

La defensa del icono no significa que la materia sea divina.

La madera continúa siendo madera. El pigmento continúa siendo pigmento. El oro continúa siendo oro.

Pero la materia no tiene por qué ser despreciada para proteger la trascendencia de Dios.

El propio Hijo de Dios quiso entrar en la historia mediante una humanidad verdadera. La Encarnación muestra que la creación material puede ponerse al servicio de la obra divina sin convertirse por ello en divinidad.

Esta comprensión será fundamental para toda la práctica iconográfica.


El iconógrafo trabaja con materia

Para quien pinta iconos, las decisiones de Nicea poseen una consecuencia muy concreta.

Nuestro trabajo comienza precisamente con materia: una tabla, cola, yeso, telas, pigmentos, huevo, agua y oro.

Nada de esto es sagrado porque posea una naturaleza divina.

El iconógrafo trabaja con materiales creados y los ordena para construir una imagen que remite hacia una persona.

Esta distinción protege al mismo tiempo el valor del icono y la trascendencia de aquello que representa.

El icono puede ser venerado sin que la materia se convierta en Dios.


El icono y el Evangelio

El II Concilio de Nicea relacionó también la imagen con la proclamación del Evangelio.

El icono no aparece simplemente para decorar un templo o para hacer más atractiva una narración.

La imagen puede dar testimonio, mediante formas y colores, de aquello que la palabra proclama de otro modo.

En el caso de Cristo esta relación resulta especialmente clara. El Evangelio anuncia que el Verbo se hizo carne. El icono muestra el rostro del Verbo encarnado.

Palabra e imagen no son idénticas, pero pueden referirse a una misma verdad.


Contemplar y recordar el Prototipo

La presencia de los iconos posee también una dimensión de memoria.

Cuanto más frecuentemente contemplamos las imágenes de Cristo, de la Madre de Dios o de los santos, más somos conducidos hacia aquellos que están representados.

La imagen despierta la memoria de su Prototipo.

Esta función ayuda a comprender por qué el icono no es un objeto aislado. Su sentido aparece precisamente en la relación que establece entre la imagen visible y la persona hacia la que dirige nuestra mirada.

La contemplación no termina en la superficie pintada.

El icono abre esa superficie hacia otra realidad.


Nicea no puso fin inmediatamente a la Iconoclasia

Aunque el Concilio de 787 constituye el gran fundamento conciliar de la defensa de los iconos, es importante no confundirlo con el final definitivo de la controversia.

Después de Nicea, la Iconoclasia reapareció.

Durante el siglo IX se produjo un nuevo periodo de persecución y tuvieron que pasar varias décadas antes de que la veneración de las imágenes quedara definitivamente restaurada.

Esto sucedió en 843, en Constantinopla, acontecimiento que posteriormente sería conmemorado como el Triunfo de la Ortodoxia.

Por tanto, debemos distinguir claramente ambos momentos: Nicea II en 787 formula y defiende la legitimidad de la veneración de los iconos; el año 843 marca su restauración definitiva después de la segunda etapa iconoclasta.


El VII Concilio Ecuménico y la tradición del icono

El Concilio de Nicea no presentó el icono como una invención reciente de los pintores.

Lo situó dentro de la Tradición de la Iglesia.

Este punto resulta especialmente importante para el iconógrafo. La imagen no nace únicamente de la creatividad individual de quien sostiene el pincel.

El iconógrafo recibe una tradición anterior a él.

Recibe modelos, tipos iconográficos, una manera determinada de representar a Cristo y a los santos y un lenguaje que se ha formado dentro de la vida de la Iglesia.

La ejecución pertenece al iconógrafo, pero aquello que representa no comienza en él.


Lo que Nicea enseñó sobre el icono

El II Concilio de Nicea permite resumir varios principios fundamentales.

El icono es posible porque Cristo se hizo verdaderamente hombre. La imagen no posee la misma naturaleza que su Prototipo. La veneración ofrecida al icono se dirige finalmente hacia la persona representada. La adoración corresponde solamente a Dios. La materia puede ponerse al servicio de una imagen sin convertirse en divina.

Estos principios no pertenecen únicamente a una controversia antigua.

Continúan siendo esenciales para comprender correctamente qué hacemos cuando pintamos un icono, qué contemplamos cuando lo miramos y qué significa venerarlo.


Nicea y el trabajo del iconógrafo

Para un iconógrafo, conocer el II Concilio de Nicea no es estudiar simplemente un episodio de historia eclesiástica.

Es comprender una parte del fundamento de su propio oficio.

Cuando pintamos el rostro de Cristo afirmamos que el Verbo se hizo verdaderamente hombre. Cuando escribimos el nombre de un santo establecemos una relación entre la imagen y una persona concreta. Cuando utilizamos madera, pigmentos y oro sabemos que esos materiales no son divinos, pero pueden ponerse al servicio de una imagen que conduce hacia su Prototipo.

Detrás de cada una de estas acciones existe una comprensión del icono que la controversia iconoclasta obligó a formular con precisión.

Por eso el II Concilio de Nicea de 787 ocupa un lugar fundamental no sólo en la historia de la Iglesia, sino también en la historia y en la teología de la iconografía.

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