Símbolos cristianos en las catacumbas: el pez, el ancla, la vid y el Buen Pastor

Cuando observamos las primeras imágenes cristianas conservadas en las catacumbas, puede sorprendernos su sencillez. No encontramos todavía el lenguaje plenamente desarrollado del icono bizantino, sino peces, anclas, vides, barcos, corderos, aves o figuras como el Buen Pastor. A primera vista podrían parecer motivos decorativos, pero para los primeros cristianos aquellas imágenes poseían un significado mucho más profundo.
El cristianismo comenzó muy pronto a hablar también mediante imágenes. No necesitaba representar de manera directa todo aquello que quería expresar. Un signo sencillo podía contener una confesión de fe, recordar un pasaje de la Escritura o conducir hacia una realidad sacramental. El cristiano aprendía así a mirar más allá de la forma visible.
Comprender estos símbolos cristianos nos permite acercarnos al nacimiento de un lenguaje que, siglos después, alcanzará una expresión mucho más desarrollada en la iconografía.
El pez como símbolo de Cristo
Probablemente uno de los símbolos cristianos más conocidos de los primeros siglos sea el pez.
La palabra griega para pez, ΙΧΘΥΣ —ichthys—, fue entendida por los cristianos como un acrónimo de una confesión de fe: Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. De esta manera, la sencilla representación de un pez podía remitir directamente a Cristo.
Pero su significado no se agotaba ahí. El pez aparece también relacionado con el alimento y con imágenes profundamente vinculadas a la Eucaristía. En las catacumbas encontramos representaciones donde el pescado aparece junto al pan o asociado a escenas que recuerdan la multiplicación de los panes y los peces.
Aquello que parece simplemente un animal se convierte así en una imagen cargada de significado.
El cristiano que contemplaba aquel pez no veía únicamente su forma. Reconocía a Cristo.
El ancla y la esperanza
Otro de los signos frecuentes en el arte de las catacumbas es el ancla.
Su forma podía recordar también a la cruz, pero su significado se encuentra profundamente relacionado con la esperanza. El ancla mantiene firme una nave cuando el mar intenta arrastrarla. Por eso resultaba especialmente adecuada para expresar la confianza de quien permanece unido a Cristo en medio de la muerte y de la incertidumbre.
En algunas imágenes el ancla aparece acompañada por peces. Cuando varios símbolos se encuentran dentro de una misma composición, su significado puede enriquecerse mutuamente.
El mar, la nave, el ancla y el pez comienzan entonces a hablar un mismo lenguaje.
Nada obliga a explicar mediante largas palabras aquello que la imagen puede condensar en unos pocos signos.
La nave como imagen de la Iglesia
La nave aparece también muy pronto dentro del simbolismo cristiano.
La imagen resulta especialmente comprensible. Una embarcación atraviesa un mar que puede permanecer tranquilo o convertirse en una amenaza. Dentro de ella viajan hombres que necesitan llegar a puerto.
La nave puede representar a la Iglesia, que atraviesa la historia apoyada en Cristo. El agua puede recordar al bautismo y, al mismo tiempo, esa realidad inestable que debe ser atravesada.
Cuando la nave aparece vinculada al pez, la imagen se hace todavía más expresiva: la Iglesia descansa sobre Cristo y avanza en Él.
Aquí podemos comprender ya algo que será fundamental en toda la iconografía posterior. Los elementos de una imagen no funcionan necesariamente de manera aislada. Se relacionan entre sí y forman una unidad de significado.
La vid, el pan y el vino
Otro grupo importante de imágenes de los primeros cristianos está relacionado con el alimento.
La vid ocupa aquí un lugar especialmente significativo. La Escritura ya había utilizado esta imagen, y Cristo mismo se había presentado como la verdadera vid. Dentro del arte cristiano, la vid puede conducir hacia Cristo y hacia la Eucaristía.
Junto a ella aparecen también las espigas, el pan, el vino y las escenas de multiplicación de los panes.
No resulta difícil comprender por qué estas imágenes adquirieron tanta importancia. El cristianismo no habla de la salvación como una idea abstracta. Cristo se entrega como alimento y la Iglesia celebra esta entrega en la Eucaristía.
Por eso los primeros cristianos pudieron expresar mediante imágenes algo que pertenecía al centro mismo de su vida.
Un racimo de uvas o una cesta de panes podían decir mucho más de lo que su apariencia exterior mostraba.
El cordero
El cordero es otro de los grandes símbolos cristianos.
Su significado procede directamente de la Escritura. Cristo es el Cordero de Dios, pero el rebaño representa también a quienes le pertenecen. De esta forma, una imagen aparentemente sencilla puede establecer una relación entre Cristo y aquellos que han sido incorporados a Él.
El cordero aparecerá posteriormente en numerosas composiciones cristianas y su presencia continuará siendo comprensible precisamente porque forma parte de un lenguaje recibido de la Escritura.
Esto es importante para entender la iconografía.
Los símbolos cristianos no fueron elegidos simplemente porque resultaran bellos o sugestivos. Su fuerza procede de una memoria bíblica y litúrgica compartida.
El Buen Pastor
Entre las primeras representaciones cristianas encontramos también con frecuencia la figura del Buen Pastor.
Un joven lleva una oveja sobre los hombros. La forma de esta imagen no era desconocida en la cultura antigua, pero el cristianismo le dio un significado nuevo a partir del Evangelio.
Cristo es el pastor que busca a la oveja perdida y la carga sobre sus hombros. La imagen no intenta necesariamente ofrecernos un retrato histórico del rostro de Jesús. Está proclamando algo sobre Él: el Salvador salva.
Esta diferencia resulta fundamental.
Todavía no estamos ante el icono de Cristo tal como se desarrollará posteriormente. No se pretende mostrar un rostro recibido dentro de una tradición iconográfica definida, sino expresar mediante una imagen la acción salvadora de Cristo.
El Buen Pastor ocupa así un lugar particularmente interesante entre el signo y la imagen.
Noé, Daniel y Lázaro: imágenes de salvación
Los primeros cristianos no recurrieron únicamente a símbolos aislados. También utilizaron episodios bíblicos capaces de expresar de manera inmediata la salvación.
Noé salvado de las aguas, Daniel entre los leones, los jóvenes en el horno o Lázaro saliendo del sepulcro hablan todos de una misma realidad: Dios salva al hombre de la muerte.
Estas escenas adquirían además una fuerza especial dentro del contexto funerario de las catacumbas. Frente a la muerte, la imagen no ofrece simplemente un recuerdo del difunto, sino que proclama una esperanza.
La resurrección no se expresa todavía mediante las complejas composiciones que encontraremos posteriormente en la iconografía. Puede bastar una escena bíblica conocida para afirmar que la muerte no posee la última palabra.
Una forma diferente de mirar
Todos estos símbolos tienen algo en común. Obligan a quien los contempla a ir más allá de la superficie.
Un pez no es solamente un pez.
Una nave no es solamente una embarcación.
Una vid no es solamente una planta.
El cristiano reconoce detrás de esas formas una realidad recibida de la Escritura y vivida dentro de la Iglesia.
Esta manera de mirar será fundamental para comprender posteriormente el icono. La iconografía no funciona como un código secreto donde cada elemento posee siempre una traducción rígida, pero sí exige una mirada capaz de reconocer que la forma visible puede abrirnos hacia una realidad que la supera.
El símbolo educa la mirada.
Del símbolo al icono
Con el paso del tiempo, el arte cristiano fue desarrollando formas cada vez más precisas para representar a Cristo, a la Madre de Dios, a los apóstoles, a los mártires y a los santos.
Los antiguos símbolos no desaparecieron, pero comenzaron a convivir con imágenes más desarrolladas. La Iglesia necesitaba también narrar los acontecimientos del Evangelio, presentar los rostros de aquellos a quienes veneraba y expresar visualmente las verdades que confesaba.
El pez, el ancla o el Buen Pastor pertenecen, por tanto, a una etapa fundamental de ese camino.
No son todavía el icono bizantino plenamente formado, pero tampoco son algo completamente ajeno a él.
En ellos encontramos ya una convicción que permanecerá: la imagen puede transmitir la fe.
Aprender a leer antes de aprender a pintar
Quien comienza a estudiar iconografía suele preocuparse pronto por el dibujo, los colores, el oro, los pigmentos o las proporciones. Todo eso es necesario, pero existe un aprendizaje anterior que resulta igualmente importante: aprender a leer aquello que estamos viendo.
Antes de copiar un elemento necesitamos comprender por qué está ahí.
Antes de reproducir un gesto conviene saber qué expresa.
Antes de pintar un símbolo debemos preguntarnos qué realidad está haciendo presente dentro de la composición.
Los primeros cristianos nos enseñan algo esencial en este sentido. Con medios muy sencillos fueron capaces de construir imágenes de una enorme densidad.
No necesitaron llenar la superficie de elementos.
Necesitaron que cada elemento tuviera sentido.
Quizá esa sea también una buena enseñanza para quien hoy se acerca a la pintura de iconos. La verdadera riqueza de una imagen no depende de la cantidad de cosas que contiene, sino de la profundidad de aquello que es capaz de manifestar.
































