Triunfo de la Ortodoxia: la restauración de los iconos

El Triunfo de la Ortodoxia conmemora uno de los acontecimientos decisivos de la historia del icono: la restauración definitiva de su veneración en Constantinopla en el año 843, después de más de un siglo de controversias y persecuciones iconoclastas.
Sin embargo, reducir esta celebración al simple regreso de las imágenes a las iglesias sería comprender sólo una parte de su significado. Lo que se proclamaba no era únicamente que los cristianos podían volver a pintar y venerar iconos. La defensa de la imagen estaba profundamente vinculada a la Encarnación de Cristo, a la posibilidad de santificación de la creación y a la relación entre aquello que vemos en el icono y la persona a la que representa.
Por eso la victoria sobre la Iconoclasia recibió un nombre excepcional: Triunfo de la Ortodoxia.
¿Qué es el Triunfo de la Ortodoxia?
El Triunfo de la Ortodoxia es la celebración de la restauración definitiva de la veneración de los iconos después de las controversias iconoclastas de los siglos VIII y IX.
Esta restauración tuvo lugar en Constantinopla bajo la emperatriz Teodora, que ejercía la regencia durante la minoría de edad de su hijo. En el año 843 quedó restablecida oficialmente la veneración de las imágenes sagradas.
La celebración quedó vinculada al primer domingo de la Gran Cuaresma, día en el que continúa siendo recordada dentro de la tradición de la Iglesia oriental.
No se trataba simplemente de recuperar unas obras destruidas o retiradas durante las persecuciones. La restauración proclamaba nuevamente la legitimidad de la presencia del icono dentro de la vida de la Iglesia.
De Nicea al año 843
La cuestión de los iconos había recibido ya una respuesta fundamental en el VII Concilio Ecuménico, celebrado en Nicea en el año 787.
El Concilio defendió la legitimidad de las imágenes de Cristo, de la Madre de Dios, de los ángeles y de los santos, y estableció una distinción esencial entre la veneración ofrecida a las imágenes y la adoración que corresponde solamente a Dios.
Sin embargo, Nicea no puso fin definitivamente a la controversia.
La persecución iconoclasta reapareció durante el siglo IX y la lucha continuó durante varias décadas. Fue necesario llegar hasta el año 843 para que la veneración de los iconos quedara restaurada de manera definitiva.
El Triunfo de la Ortodoxia representa, por tanto, la confirmación histórica de aquello que Nicea había formulado doctrinalmente.
¿Por qué una victoria sobre la Iconoclasia se llamó Triunfo de la Ortodoxia?
El nombre puede resultar sorprendente.
La Iglesia había afrontado durante los siglos anteriores numerosas controversias doctrinales. Sin embargo, la victoria sobre la Iconoclasia recibió de manera particular el nombre de Triunfo de la Ortodoxia.
La razón se encuentra en la profundidad de aquello que estaba en juego.
La controversia sobre las imágenes no afectaba únicamente a una cuestión artística o disciplinar. Al discutir si Cristo podía ser representado, se estaba planteando indirectamente qué significaba afirmar que el Verbo se había hecho verdaderamente carne.
La defensa del icono estaba así relacionada con el conjunto de la confesión cristológica elaborada por los concilios anteriores.
Por eso el restablecimiento de los iconos podía ser entendido como una afirmación de la fe recibida en su conjunto.
Cristo ha tenido un rostro
En el centro de toda la controversia se encuentra una afirmación extraordinariamente sencilla: Cristo ha tenido un rostro.
Dios permanece invisible e indescriptible en su naturaleza divina. El iconógrafo no pretende representar la esencia de Dios ni inventar una forma para aquello que nadie puede contemplar.
Pero el Hijo de Dios se hizo hombre.
Entró verdaderamente en la historia, asumió una humanidad real, fue visto, escuchado y tocado. Su Encarnación no fue una apariencia.
Por eso Cristo puede ser representado según la humanidad que verdaderamente asumió.
El icono se convierte de este modo en una confesión visual de la Encarnación. Al representar a Cristo no afirmamos que podamos encerrar su divinidad dentro de una tabla. Afirmamos que aquel que es verdaderamente Dios quiso hacerse verdaderamente hombre.
La imagen y el Prototipo
El Triunfo de la Ortodoxia confirma también una distinción fundamental para comprender la veneración de los iconos.
La imagen no es idéntica a la persona representada.
Una tabla continúa siendo madera. Los pigmentos siguen siendo pigmentos. El oro continúa siendo oro. Ninguna de estas materias se convierte en la persona cuya imagen aparece sobre ellas.
Pero existe una relación entre la imagen y su Prototipo.
Cuando contemplamos un icono de Cristo, no nos detenemos en la madera como si ella fuera Cristo. Cuando veneramos un icono de la Madre de Dios, el gesto no termina en la superficie pintada.
El honor ofrecido a la imagen se dirige a la persona representada.
Esta distinción permitió responder a una de las acusaciones centrales de los iconoclastas: la identificación de la veneración de las imágenes con la idolatría.
Veneración y adoración
La tradición distingue cuidadosamente entre veneración y adoración.
La adoración pertenece únicamente a Dios.
El icono puede recibir gestos de veneración porque remite a su Prototipo. Besar una imagen, inclinarse ante ella o encender una lámpara en su presencia no significa atribuir naturaleza divina a la madera o a la pintura.
El gesto atraviesa la imagen y se dirige hacia aquel que está representado.
Sin esta distinción resulta imposible comprender correctamente la teología del icono y también el sentido del Triunfo de la Ortodoxia.
La restauración del año 843 no supuso la divinización de las imágenes. Confirmó precisamente la manera correcta de comprender su lugar dentro de la Iglesia.
El icono y la materia
La controversia tuvo también consecuencias profundas para la comprensión cristiana de la materia.
Los defensores de los iconos no afirmaban que la materia fuese divina. Afirmaban algo diferente: que la materia puede ponerse al servicio de la manifestación y de la transmisión de la fe porque Dios mismo ha querido entrar en la realidad material mediante la Encarnación.
Esta es una de las grandes intuiciones expresadas por San Juan Damasceno en su defensa de las imágenes.
El cristiano no adora la materia. Adora al Creador, que quiso hacerse hombre y servirse de la materia dentro de la historia de la salvación.
Para el iconógrafo esta afirmación posee consecuencias muy concretas. Trabajamos con madera, cola, yeso, pigmentos, huevo y oro. Ninguno de esos materiales es divino. Pero todos ellos pueden ser ordenados para construir una imagen que remita a una persona y a una realidad que los supera.
El icono no es una simple decoración
El Triunfo de la Ortodoxia permite comprender también por qué el icono no puede reducirse a una decoración religiosa.
Si la controversia hubiera tratado únicamente sobre la conveniencia de adornar las iglesias, difícilmente habría provocado una disputa de semejante intensidad.
Lo que estaba en juego era la función de la imagen dentro de la vida de la Iglesia.
El icono participa de un lenguaje que transmite mediante formas y colores aquello que la palabra proclama de otro modo. Por eso la tradición pudo establecer una profunda correspondencia entre la imagen y el Evangelio.
No significa que un icono y un texto sean materialmente lo mismo. Significa que ambos pueden conducir hacia una misma verdad y formar parte de una misma tradición recibida.
La palabra y la imagen
La defensa de los iconos permitió formular con mayor claridad la relación entre la palabra y la imagen.
Aquello que se proclama mediante la palabra puede ser mostrado también mediante la imagen. El icono no sustituye a la Escritura ni la Escritura convierte al icono en innecesario.
Ambos lenguajes pueden encontrarse dentro de la vida litúrgica de la Iglesia.
Por eso el VII Concilio Ecuménico relacionó estrechamente la tradición de las imágenes con la proclamación del Evangelio. El icono de Cristo confirma visualmente que aquel de quien habla el Evangelio entró verdaderamente en nuestra historia.
La imagen no añade una segunda Encarnación. Da testimonio de la única Encarnación del Verbo.
El primer domingo de la Gran Cuaresma
La conmemoración del Triunfo de la Ortodoxia quedó situada en el primer domingo de la Gran Cuaresma.
Esta ubicación litúrgica muestra que la victoria sobre la Iconoclasia no quedó simplemente registrada como un acontecimiento histórico del Imperio bizantino.
Entró en la memoria viva de la Iglesia.
Cada año la celebración recuerda la restauración de los iconos y la confesión de fe que hizo posible su defensa. Aquello que ocurrió en el siglo IX deja así de pertenecer exclusivamente al pasado y continúa siendo proclamado dentro de la vida litúrgica.
El icono como expresión de la Ortodoxia
Evdokimov señala una idea especialmente profunda: la celebración no proclama únicamente la ortodoxia del icono, sino al icono como expresión de la propia Ortodoxia.
Esto ayuda a entender la importancia concedida a la victoria del año 843.
El icono reúne en su existencia algunas de las grandes afirmaciones de la fe cristiana: Dios es invisible, pero el Hijo se hizo visible en la carne; la creación no es divina, pero puede ser santificada; Cristo posee una verdadera humanidad; los santos manifiestan la transformación del hombre por la gracia; y la materia puede ponerse al servicio de una realidad que la supera.
Por eso, detrás de una tabla aparentemente sencilla, existe una densidad doctrinal que la controversia iconoclasta obligó a reconocer.
El Triunfo de la Ortodoxia y el iconógrafo
Para quien pinta iconos, el Triunfo de la Ortodoxia no debería ser únicamente una fecha histórica que memorizar.
Nos recuerda por qué existe aquello que hacemos.
La posibilidad de pintar el rostro de Cristo está vinculada a la Encarnación. La posibilidad de representar a los santos está relacionada con la transformación real de la persona por la gracia. La utilización de la materia se sostiene sobre una visión de la creación que no la confunde con Dios pero tampoco la desprecia.
Cada vez que el iconógrafo prepara una tabla, dibuja un rostro o aplica un pigmento continúa trabajando dentro de una tradición que tuvo que defender precisamente estas afirmaciones.
Una victoria que explica el icono
El Triunfo de la Ortodoxia marca el final de la gran controversia iconoclasta, pero su importancia va mucho más allá del año 843.
A partir de aquella lucha quedó expresada con especial claridad la relación entre Encarnación, imagen, materia, veneración y Prototipo.
El icono podía continuar ocupando su lugar en la Iglesia no porque hubiera vencido una determinada corriente artística, sino porque su existencia había quedado vinculada a una afirmación esencial de la fe cristiana: el Verbo invisible se hizo verdaderamente visible en nuestra humanidad.
Por eso el regreso de los iconos fue celebrado como algo más que la recuperación de unas imágenes.
Fue proclamado como el Triunfo de la Ortodoxia.
































