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San Nicéforo de Constantinopla y la defensa de los iconos

30 ene 2018
6 min de lectura

Actualizado: 8 oct

San Nicéforo de Constantinopla, defensor de los iconos durante la controversia iconoclasta
San Nicéforo de Constantinopla, defensor de los iconos durante la controversia iconoclasta


San Nicéforo de Constantinopla y la defensa de los iconos

San Nicéforo de Constantinopla fue una de las figuras decisivas de la segunda controversia iconoclasta. Patriarca de Constantinopla a comienzos del siglo IX, defendió las imágenes sagradas frente al nuevo intento de imponer la iconoclasia y desarrolló una reflexión particularmente precisa sobre la relación entre el icono y su Prototipo. Su importancia para la iconografía no reside solamente en haber defendido la legitimidad de las imágenes, sino en haber intentado explicar qué significa realmente que algo sea imagen de otra realidad, por qué toda imagen remite necesariamente a aquello que representa y por qué la posibilidad de representar a Cristo está inseparablemente vinculada a la Encarnación.


San Nicéforo y la segunda crisis iconoclasta

El II Concilio de Nicea había restaurado en el año 787 la veneración de las imágenes, pero la controversia no terminó entonces. A comienzos del siglo IX, durante el reinado del emperador León V el Armenio, la iconoclasia volvió a imponerse. Nicéforo, que ocupaba entonces la sede patriarcal de Constantinopla, se negó a aceptar la nueva condena de los iconos y defendió la tradición recibida por la Iglesia. Su oposición le costó la sede y el exilio, pero precisamente durante aquellos años escribió algunas de sus obras más importantes contra los argumentos iconoclastas.

Su defensa no se limita a afirmar que la Iglesia había utilizado imágenes desde antiguo. Nicéforo intenta llegar al fundamento mismo de la cuestión. Para comprender por qué el icono puede ser venerado es necesario comprender antes qué es una imagen y qué tipo de relación establece con aquello que representa.


El icono existe en relación con su Prototipo

Uno de los principios más importantes del pensamiento de San Nicéforo parte de una idea aparentemente sencilla: una imagen nunca existe solamente como imagen, sino que es siempre imagen de alguien o de algo. El término mismo implica una relación. Un icono de Cristo es icono precisamente porque remite a Cristo; un icono de la Madre de Dios lo es porque remite a la Theotokos; la imagen de un santo recibe su identidad de la persona representada.

Nicéforo expresa esta relación afirmando que el Prototipo es Prototipo de la imagen y la imagen es imagen del Prototipo. Si esa relación desaparece, deja también de tener sentido hablar propiamente de imagen. Esto permite comprender por qué la mirada del fiel no termina en la madera, en los pigmentos o en el oro. La materia constituye el soporte visible del icono, pero aquello que le da identidad es su relación con la persona representada.


Imagen y Prototipo no son idénticos

Esta relación no significa que la imagen y su Prototipo sean la misma realidad. Cristo no se convierte materialmente en la madera y en los colores con los que se representa su rostro. La sustancia del icono continúa siendo distinta de la sustancia de aquel a quien representa. Nicéforo mantiene con claridad esta diferencia y evita así cualquier confusión entre la imagen y la persona representada.

Pero diferencia no significa separación absoluta. La imagen existe precisamente porque mantiene una relación con su modelo. Esta doble afirmación, semejanza y diferencia, permite comprender la naturaleza del icono: no es el Prototipo, pero tampoco es una superficie indiferente que pueda entenderse al margen de él. Su sentido procede de esa referencia.


La Encarnación hace posible el icono de Cristo

La cuestión alcanza toda su profundidad cuando hablamos de Cristo. Dios es invisible según su naturaleza divina y ninguna imagen puede representar la esencia de Dios. Sin embargo, el cristianismo proclama que el Verbo se hizo verdaderamente hombre. Cristo tuvo un cuerpo, un rostro, una edad, ocupó lugares concretos, vivió dentro del tiempo y pudo ser contemplado por quienes estuvieron junto a Él.

Por eso San Nicéforo entiende que la posibilidad de representar a Cristo está directamente vinculada a la realidad de la Encarnación. El icono no pretende pintar la naturaleza divina invisible, sino representar a la Persona de Cristo según la humanidad que verdaderamente asumió. Rechazar de manera absoluta la posibilidad de representar a Cristo podía terminar poniendo en cuestión aquello que la Iglesia confesaba acerca de su verdadera humanidad.

Para Nicéforo, el hecho de que el Verbo se hiciera visible no es un detalle secundario. Forma parte de la economía de la salvación. El que era invisible aceptó hacerse visible, el que estaba fuera del tiempo entró en la historia y el que no podía ser circunscrito según su divinidad aceptó las condiciones propias de una verdadera naturaleza humana.


El icono conserva la memoria de la historia de la salvación

Esta misma lógica permite comprender la representación de los acontecimientos de la vida de Cristo. La Natividad, el Bautismo, la Transfiguración, la Crucifixión o la Resurrección no son invenciones del pintor. Son acontecimientos confesados y transmitidos por la Iglesia. La Escritura los narra mediante palabras y el icono los presenta ante la mirada mediante formas y colores.

Nicéforo concede gran importancia a esta función de la imagen como memoria. El icono mantiene visible aquello que la Iglesia anuncia y recuerda. No introduce otra historia distinta de la historia evangélica, sino que hace perceptible mediante otro lenguaje aquello que ha sido recibido y transmitido.

Esta relación entre memoria e imagen explica también la gravedad que Nicéforo atribuye a la destrucción sistemática de los iconos. No se trata simplemente de destruir objetos artísticos. Cuando se elimina deliberadamente la representación de Cristo o de los santos se pretende también borrar su presencia de la memoria visible de la comunidad cristiana.


Escritura e imagen transmiten una misma realidad

Uno de los aspectos más interesantes del pensamiento de San Nicéforo es la relación que establece entre escritura y pintura. Durante la controversia iconoclasta existía una contradicción evidente: podían aceptarse los Evangelios que narraban los acontecimientos de la vida de Cristo y, al mismo tiempo, rechazarse violentamente las imágenes que representaban esos mismos acontecimientos.

Nicéforo responde señalando que escritura y pintura utilizan medios distintos, pero pueden referirse a una misma realidad. La escritura trabaja con letras y la pintura con formas y colores, pero ambas pueden transmitir la memoria de la misma obra de salvación. Por eso insiste en que no resulta coherente honrar una forma de transmisión y destruir la otra cuando ambas remiten a un mismo Cristo.

La pintura posee además una característica propia. Mientras la narración verbal debe desarrollarse sucesivamente, la imagen presenta ante los ojos de manera inmediata aquello que representa. Nicéforo llega a señalar que la vista puede captar con rapidez aquello que el oído recibe mediante un proceso más gradual. No enfrenta por ello imagen y palabra; insiste, precisamente, en su profunda comunión.


El icono no es un ídolo

La relación con el Prototipo permite también comprender la diferencia entre icono e ídolo. El icono no pretende detener la mirada en sí mismo ni convertir su materia en una realidad divina. Su sentido consiste en remitir hacia otro. La tabla, el oro y los pigmentos no son venerados por sí mismos, sino en cuanto forman una imagen que hace referencia a una persona determinada.

Por eso el nombre y la identidad de aquello que se representa resultan esenciales. No existe un icono indeterminado. La imagen de Cristo recibe su identidad de Cristo; la imagen de la Madre de Dios, de la Theotokos; la de un santo, de aquel cuyo rostro y nombre conserva. La relación con el Prototipo es lo que impide que el icono quede encerrado en su propia materialidad.


Destruir la imagen afecta también al Prototipo

San Nicéforo lleva esta relación hasta sus últimas consecuencias. Si alguien desprecia una imagen precisamente porque es imagen de Cristo, ese desprecio no termina en la tabla. Está dirigido, en último término, hacia aquel a quien la imagen representa. La materia puede ser destruida, pero la intención del acto se dirige contra el Prototipo.

Esta idea ayuda a comprender por qué los defensores de los iconos no consideraban la iconoclasia una simple disputa estética. No se discutía qué estilo de arte debía utilizar la Iglesia, sino si era legítimo mantener visible el rostro de aquel que realmente se había hecho visible en la carne.


San Nicéforo y el trabajo del iconógrafo

Para quien trabaja hoy en un taller iconográfico, la reflexión de San Nicéforo conserva una importancia especial. Nos recuerda que una imagen no se convierte en icono únicamente porque se utilice una determinada técnica, una tabla preparada con levkas, temple al huevo o dorado. El icono existe en referencia a un Prototipo y esta relación debe ordenar todo el trabajo del pintor.

El rostro, el nombre, los atributos y la composición deben permitir reconocer a aquel que se representa. El iconógrafo no crea mediante su pintura una persona nueva, sino que recibe una tradición y vuelve a hacer visible un rostro conocido por la Iglesia. La fidelidad, por tanto, no consiste simplemente en copiar mecánicamente modelos antiguos, sino en conservar la relación entre la imagen y aquel a quien debe conducir.

San Nicéforo ayuda así a comprender uno de los principios fundamentales de toda iconografía cristiana: el icono no existe para que la mirada se detenga en él, sino para conducirla hacia su Prototipo.

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