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San Juan Damasceno y la defensa de los iconos

30 ene 2018
6 min de lectura

Actualizado: 6 oct

San Juan Damasceno, defensor de los iconos durante la controversia iconoclasta
San Juan Damasceno, defensor de los iconos durante la controversia iconoclasta

San Juan Damasceno ocupa un lugar fundamental en la historia de la iconografía cristiana. Su nombre está estrechamente unido a la defensa de las imágenes durante la primera gran crisis iconoclasta del Imperio bizantino y a la formulación de algunos de los principios que todavía hoy permiten comprender qué es un icono, por qué puede ser venerado y qué relación existe entre la imagen y la persona representada.

Nacido en Damasco hacia finales del siglo VII, vivió en un momento en el que el uso de las imágenes sagradas comenzó a ser cuestionado con creciente intensidad. Cuando el emperador León III impulsó las medidas iconoclastas en el siglo VIII, la controversia dejó de ser una discusión secundaria sobre las costumbres de las iglesias. Los iconos fueron retirados o destruidos y quienes defendían su veneración tuvieron que responder a una acusación muy grave: que el cristianismo había introducido nuevamente la idolatría bajo la forma de imágenes religiosas. San Juan Damasceno fue una de las voces más importantes de aquella defensa.


La cuestión de los iconos era una cuestión cristológica

Para comprender su pensamiento hay que comenzar por la Encarnación. El cristianismo confiesa que Dios es invisible e incomprensible en su naturaleza divina. Ninguna imagen puede contenerlo ni representar aquello que Él es en su esencia. Pero la fe cristiana afirma también que el Verbo se hizo verdaderamente hombre. Cristo entró en la historia, asumió un cuerpo humano y tuvo un rostro que pudo ser visto por ojos humanos.

Esta afirmación tiene consecuencias decisivas para la iconografía. El icono de Cristo no pretende representar la naturaleza divina como si pudiera encerrarse dentro de una forma material. Representa a la Persona del Verbo encarnado según la humanidad que realmente asumió. Por eso la controversia iconoclasta no era simplemente una discusión sobre arte religioso. En el fondo estaba en juego la realidad misma de la Encarnación. Si la humanidad de Cristo hubiese sido solamente aparente, representarlo sería imposible; pero si el Hijo de Dios asumió verdaderamente nuestra naturaleza, entonces puede ser representado según esa humanidad. La posibilidad de escribir su rostro nace precisamente de que Cristo tuvo verdaderamente un rostro.


San Juan Damasceno y la materia

Uno de los argumentos más conocidos de San Juan Damasceno se refiere a la materia. Los iconoclastas acusaban a los cristianos de venerar objetos materiales y el Damasceno respondió estableciendo una distinción fundamental: el cristiano no adora la materia, sino a Dios, que quiso servirse de ella dentro de la historia de la salvación.

Esta idea resulta especialmente importante para quien trabaja en un taller iconográfico. El iconógrafo utiliza una tabla de madera, tejidos, yeso, pigmentos, agua, huevo y oro. Ninguno de estos materiales es divino. La madera continúa siendo madera, el pigmento continúa siendo pigmento y el oro continúa siendo oro. Sin embargo, la Encarnación impide despreciar la materia como si estuviera necesariamente alejada de Dios.

El Hijo de Dios asumió verdaderamente una naturaleza humana y la salvación cristiana no se realizó desde una distancia abstracta, sino dentro de nuestra propia historia material. Por eso la materia puede ponerse al servicio de una imagen sin convertirse por ello en divinidad. El iconógrafo no trabaja contra la materia, sino con ella, sabiendo que continúa siendo criatura y que precisamente como criatura puede ponerse al servicio de aquello que la supera.


Imagen y Prototipo

Otra de las cuestiones fundamentales es la relación entre la imagen y aquello que representa. Un icono de Cristo no es Cristo según su naturaleza, del mismo modo que una imagen de la Madre de Dios no es físicamente la propia Theotokos. La tabla y los pigmentos mantienen su naturaleza material y la imagen no contiene físicamente a la persona representada.

Pero tampoco existe una separación absoluta entre la imagen y esa persona. La tradición utiliza el término Prototipo para expresar esta relación. El rostro que contemplamos, el nombre inscrito junto a él y el lenguaje iconográfico utilizado conducen nuestra mirada hacia una persona concreta. Por eso el icono no termina en sí mismo ni busca atraer la veneración hacia la madera o hacia la habilidad del pintor. La imagen remite a aquel que representa y el honor tributado ante ella se dirige finalmente hacia su Prototipo.


Venerar un icono no significa adorar la materia

La distinción entre imagen y Prototipo permite comprender también la diferencia entre veneración e idolatría. Cuando un cristiano se inclina ante un icono, lo besa o enciende una lámpara delante de él, no está atribuyendo divinidad a la tabla. El gesto no termina en la materia, sino que se dirige hacia la persona representada.

San Juan Damasceno distingue así entre el honor que puede ofrecerse a una imagen y la adoración que pertenece únicamente a Dios. Esta diferencia es esencial porque el icono no sustituye al Prototipo ni posee su naturaleza. Precisamente porque ambos no son idénticos puede hablarse de una verdadera relación entre ellos. La imagen presenta y conduce; el Prototipo es aquel hacia quien se dirige la veneración.


El icono no es un ídolo

Esta doctrina permite entender por qué un icono y un ídolo no son lo mismo. El ídolo convierte al objeto en término de la adoración y hace que la mirada se detenga en él. El icono funciona de manera diferente porque su propia naturaleza consiste en remitir más allá de sí mismo.

La madera no pretende ser Dios y el pigmento no pretende contener una naturaleza divina. La imagen conduce hacia una persona y esta orientación hacia el Prototipo constituye una de las diferencias fundamentales entre la imagen cristiana y la idolatría contra la que ya advertía la Escritura. El valor del icono no procede, por tanto, de considerar sagrada su materia por sí misma, sino de la relación que establece con aquel a quien representa.


La imagen como memoria

San Juan Damasceno insistió también en la capacidad de las imágenes para mantener viva la memoria de aquello que representan. El cristianismo no transmite su fe únicamente mediante conceptos abstractos, porque la historia de la salvación está formada también por acontecimientos y por personas concretas. Cristo nació, fue visto, caminó entre los hombres, murió y resucitó; los santos vivieron igualmente dentro de una historia concreta.

La imagen permite mantener esos rostros ante nuestros ojos y conservar su memoria dentro de la vida de la Iglesia. Por eso la presencia del icono en el templo no responde simplemente a una necesidad decorativa. La imagen recuerda el Prototipo, conduce nuevamente hacia él y mantiene visible aquello que la comunidad confiesa y celebra.


San Juan Damasceno y el II Concilio de Nicea

San Juan Damasceno murió antes de la celebración del II Concilio de Nicea, pero su defensa de las imágenes tuvo una importancia decisiva en el desarrollo de la teología del icono. Cuando el Concilio se reunió en el año 787 para responder a la controversia iconoclasta, su memoria fue rehabilitada junto con la de otros grandes defensores de las imágenes.

Los principios formulados durante aquellas controversias quedaron profundamente incorporados a la doctrina conciliar: la legitimidad de representar a Cristo, la distinción entre imagen y Prototipo y la diferencia entre la veneración de una imagen y la adoración debida únicamente a Dios. San Juan Damasceno aparece así como una de las figuras fundamentales que prepararon el terreno teológico sobre el que Nicea II pudo formular su defensa de los iconos.


¿Por qué es importante San Juan Damasceno para la iconografía?

La importancia de San Juan Damasceno para la iconografía se encuentra especialmente en tres cuestiones que están profundamente relacionadas entre sí. Defendió que Cristo puede ser representado porque verdaderamente se hizo hombre; mostró que la materia puede ponerse al servicio de la obra de Dios sin convertirse por ello en divina; y explicó que la veneración de una imagen no termina en la materia, sino que se dirige hacia la persona representada.

Estas ideas siguen estando en el corazón de la iconografía. Para quien pinta hoy un icono, San Juan Damasceno no pertenece únicamente a la historia de una antigua controversia. Su pensamiento continúa explicando por qué podemos tomar una tabla, cubrirla de levkas, dibujar un rostro y trabajar con pigmentos y oro sin convertir ninguno de esos materiales en objeto de adoración. La materia permanece siendo materia, pero puede ponerse al servicio de una imagen que, cuando verdaderamente cumple su función, no detiene nuestra mirada ante sí misma, sino que la abre hacia el Prototipo.

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