top of page

Pintar iconos: cómo empezar en la pintura de iconos bizantinos

30 jun
6 min de lectura

Actualizado: 7 oct


La iconografía no puede reducirse a una técnica pictórica. Quien se acerca por primera vez a la pintura de iconos suele hacerlo atraído por la imagen, por el oro, por los rostros o por una determinada forma de pintar. Sin embargo, muy pronto descubre que detrás de cada una de esas cosas existe un lenguaje recibido, construido y transmitido dentro de la tradición de la Iglesia.


Aprender a pintar iconos no consiste, por tanto, en reproducir una imagen religiosa sobre una tabla. El iconógrafo recibe unos modelos, unas proporciones, unos gestos, unos colores y una manera concreta de construir la imagen. Antes de poder utilizarlos con libertad debe aprender a reconocerlos, comprenderlos y respetarlos. La tradición no es una repetición mecánica, sino un lenguaje que se recibe antes de poder hablar con él.

La pintura del icono comienza antes del color

El trabajo comienza mucho antes de colocar el primer pigmento.

El icono se realiza sobre una tabla de madera que debe ser preparada cuidadosamente para recibir las capas posteriores. Sobre ella se construye una preparación blanca, el levkas, que proporcionará la superficie sobre la que se dibujará, dorará y pintará la imagen.

Estas primeras operaciones desaparecerán después bajo el dibujo, el oro y el color, pero permanecerán dentro del icono terminado. Una superficie mal preparada terminará manifestándose tarde o temprano en aquello que sí vemos.

Hay algo importante en este proceso: el icono comienza precisamente en aquello que después quedará oculto.


El dibujo iconográfico

Una vez preparada la tabla comienza el dibujo.

El iconógrafo no parte de una superficie vacía para inventar libremente una composición. Trabaja a partir de un modelo recibido. Debe observarlo, comprender sus proporciones, estudiar la relación entre las figuras, reconocer sus líneas principales y descubrir la estructura que sostiene la imagen.

El dibujo no es simplemente una fase previa que después desaparecerá bajo la pintura. Organiza todo el icono.

Una de las primeras dificultades del alumno consiste precisamente en dejar de corregir las formas iconográficas según criterios naturalistas. El icono no pretende reproducir la realidad exactamente como aparece ante nuestros ojos. Utiliza un lenguaje propio y, para comprenderlo, es necesario aprender primero a mirar.


El oro

El oro tiene una presencia especialmente importante dentro de la iconografía. No se utiliza únicamente para embellecer una superficie.

Al recibir la luz ambiental y devolverla, el oro modifica su aspecto según cambia la iluminación y según cambia también la posición de quien contempla el icono. Por ello ha quedado profundamente relacionado con la luz, la gloria y el ámbito del Reino.

Pero el oro continúa siendo materia creada. No es la luz divina. La significa, orienta la mirada hacia ella y se pone al servicio de la imagen.

Existen distintas técnicas tradicionales de dorado. El dorado al agua y el dorado al mordiente o mixtión responden a procedimientos diferentes y no deben confundirse.

En nuestro taller trabajamos también con dorado al mixtión, aprendiendo no sólo a colocar el pan de oro, sino a preparar correctamente la superficie y a comprender el comportamiento de un material extremadamente delicado.


El temple de huevo y los pigmentos

Después del dibujo y del dorado comienza la pintura propiamente dicha.

El temple de huevo permite trabajar los pigmentos mediante capas sucesivas y construir progresivamente las diferentes partes de la imagen. Sin embargo, tampoco aquí debemos entender cada zona como algo independiente.

El icono posee una unidad cromática. Los colores se relacionan entre sí y cada nueva aplicación debe integrarse con las anteriores. Los tonos de base preparan el modelado posterior y permiten que la imagen vaya apareciendo progresivamente.

El alumno empieza así a comprender que pintar no consiste solamente en encontrar un color adecuado. Debe aprender a reconocer cómo ese color vive dentro del conjunto.


De la profundidad hacia la luz

En la pintura iconográfica las formas se construyen progresivamente mediante la luz.

Comenzamos por los tonos de base y avanzamos hacia iluminaciones sucesivas. Las zonas profundas no desaparecen cuando llegan las luces. Permanecen debajo de ellas y permiten que la forma conserve profundidad.

Las vestiduras, la arquitectura, las montañas y las demás partes del icono van apareciendo mediante ese proceso. En las carnaciones sucede algo semejante: el rostro y las manos parten de un tono de base y se van modelando mediante aplicaciones progresivamente más luminosas.

Por eso uno de los aprendizajes más difíciles consiste en no tener prisa.

No podemos llegar a la última luz sin haber construido aquello que debe sostenerla.


El rostro

El rostro ocupa un lugar central en el icono.

En la tradición rusa, el tono de base de las carnaciones recibe habitualmente el nombre de sankir. El término griego proplasmos se utiliza también para referirse al tono de base sobre el que posteriormente se desarrollará la forma.

A partir de esta base se recuperan los rasgos fundamentales y comienzan las carnaciones y las luces.

El rostro no aparece terminado desde el principio. Va emergiendo.

Los ojos, la nariz, la boca, los pómulos, la frente y las líneas del cabello participan de una misma construcción. No buscamos simplemente reproducir una fisonomía exterior. El icono quiere mostrarnos una persona.


Las manos también hablan

Las manos poseen una importancia extraordinaria dentro del lenguaje iconográfico.

No son únicamente un problema anatómico que el pintor deba resolver. Los gestos transmiten información.

Cristo bendice. La Oranta eleva las manos en oración. Los ascetas pueden mostrar las palmas abiertas como signo de aceptación de la gracia. Gabriel extiende su mano al transmitir la Buena Nueva. Cada gesto posee una función dentro de la imagen y contribuye a expresar aquello que está ocurriendo.

También los objetos que aparecen en las manos ayudan a identificar a una persona o a manifestar su misión. Un Evangelio, un rollo, una cruz, una palma o unas llaves no se introducen en la composición arbitrariamente.

Las manos hablan.

Por eso, antes de pintarlas, debemos comprender qué están diciendo.


Los colores

El color forma también parte del lenguaje del icono.

Determinados colores han adquirido significados ampliamente reconocidos dentro de la tradición iconográfica. El oro se relaciona con la gloria y la luz; el azul, con el cielo y la realidad divina; el rojo puede expresar vida, belleza, sangre, amor o sacrificio; el verde aparece especialmente vinculado en determinadas tradiciones al Espíritu Santo y a Pentecostés; el marrón recuerda la tierra y la condición humana.

Sin embargo, esto no significa que podamos convertir el icono en un diccionario rígido en el que cada color posea siempre y necesariamente un único significado.

El color debe leerse siempre dentro del icono concreto, teniendo en cuenta a quién pertenece, qué representa la escena y cómo se relaciona con los demás elementos de la imagen.

El icono posee un lenguaje, pero ese lenguaje está vivo.


Las inscripciones

Las inscripciones tampoco son un añadido decorativo colocado al final del trabajo.

El nombre identifica a la persona representada y establece su relación con el prototipo. Por eso la inscripción pertenece al propio lenguaje del icono.

Su forma, su posición y su relación con la composición deben ser tenidas en cuenta dentro del conjunto de la obra.


Aprender a pintar iconos es aprender a mirar

Cuando alguien llega por primera vez al Taller Iconográfico San Lucas suele pensar que viene a aprender una técnica.

Y naturalmente existe una técnica que debe aprender: preparar una tabla, trabajar el levkas, dibujar, dorar, preparar el temple, utilizar los pigmentos, construir las vestiduras, pintar el rostro y las manos, realizar las inscripciones y terminar correctamente la obra.

Pero, poco a poco, ocurre algo más importante.

Empieza a mirar de otra manera.

Comprende que un gesto no es casual, que una proporción no tiene por qué responder a criterios naturalistas, que un color establece relaciones con otros colores, que la luz se construye progresivamente y que cada elemento participa de una totalidad.

El iconógrafo no inventa ese lenguaje. Lo recibe.

Después tendrá que aprender a escribir con él.


Clases de iconografía bizantina en Madrid

En el Taller Iconográfico San Lucas impartimos clases de iconografía bizantina en Madrid para quienes quieren iniciarse en la pintura de iconos y para quienes desean continuar profundizando en ella.

El aprendizaje recorre todo el proceso de creación de un icono, desde la preparación del soporte hasta las últimas luces, procurando que el alumno comprenda aquello que está haciendo y no se limite simplemente a repetir una sucesión de operaciones.

Porque aprender a pintar iconos no consiste sólo en terminar una imagen.

Consiste en entrar poco a poco en un lenguaje recibido, aprender a contemplarlo y comenzar a escribir con él.

   

Entradas destacadas
Entradas recientes
Archivo
Buscar por tags
bottom of page