La perspectiva invertida en los iconos: qué es y cómo funciona

Cuando alguien se acerca por primera vez a un icono antiguo hay algo que suele desconcertarle. Los edificios parecen abrirse hacia nosotros, una mesa puede mostrar al mismo tiempo varios de sus lados y un libro puede enseñarnos planos que, desde un único punto de vista, sería imposible contemplar a la vez. Si juzgamos estas imágenes con las reglas de la perspectiva lineal a las que estamos acostumbrados, podríamos pensar que el iconógrafo no sabía construir correctamente el espacio. Sin embargo, cuando estudiamos con atención estos procedimientos descubrimos exactamente lo contrario: muchas de esas aparentes incorrecciones son conscientes y forman parte del lenguaje con el que el icono organiza aquello que representa.
A este conjunto de procedimientos se le suele llamar perspectiva invertida o perspectiva conversa. El nombre resulta útil, pero debemos utilizarlo con cierta prudencia, porque no explica por sí solo todo el espacio del icono. La iconografía puede combinar perspectivas diferentes, utilizar varios centros de visión y modificar conscientemente los puntos desde los que contemplamos los objetos. No estamos, por tanto, ante una simple regla que pueda aprenderse diciendo que en el icono las líneas van en dirección contraria a las de la perspectiva occidental.
La perspectiva a la que estamos acostumbrados
En la perspectiva lineal las líneas paralelas que se alejan del espectador parecen converger hacia un punto de fuga. De esta manera se crea sobre una superficie plana la ilusión de profundidad y se organiza toda la escena desde una posición determinada del observador.
Cuando aplicamos este criterio al icono encontramos numerosas anomalías. Una arquitectura puede mostrarnos simultáneamente sus dos laterales; un Evangelio puede dejar visibles varios de sus lomos; una figura puede ofrecernos diferentes planos que no corresponderían a una única posición del espectador. Las líneas que en una construcción perspectiva convencional deberían converger pueden incluso separarse conforme avanzan hacia el fondo.
Precisamente por eso durante mucho tiempo estas construcciones pudieron interpretarse como errores de dibujo. Pero basta comparar iconos de gran calidad para comprobar que estas alteraciones no aparecen de manera casual. Se repiten, se organizan y, en muchas ocasiones, están deliberadamente acentuadas.
No es un error de dibujo
Este punto resulta fundamental para aprender a mirar un icono. El pintor no está intentando realizar una perspectiva lineal y equivocándose al construirla. Está trabajando desde otra manera de organizar el espacio.
En algunos iconos, las propias decisiones cromáticas refuerzan estas aparentes anomalías. Los planos secundarios de un edificio pueden recibir colores intensos en lugar de desaparecer mediante sombras o degradaciones. Un Evangelio puede destacar precisamente aquellos lados que una representación naturalista tendería a esconder. El dibujo y el color colaboran así para hacer visibles superficies que, desde un único punto de observación, quedarían ocultas.
Cuando una alteración se repite conscientemente y además es subrayada por otros elementos de la pintura, resulta difícil continuar explicándola como una simple incapacidad técnica.
Varios puntos de vista dentro de una misma imagen
Uno de los aspectos más interesantes de la perspectiva iconográfica es la utilización de varios centros de visión. Es como si nuestra mirada pudiera desplazarse para contemplar distintas partes del objeto desde posiciones diferentes.
Un edificio puede estar construido parcialmente según una perspectiva y utilizar otra en alguno de sus elementos. Lo mismo puede suceder con las figuras. El icono no tiene por qué someter toda la composición a la mirada inmóvil de un espectador colocado delante de la tabla.
Esto explica muchas de las formas que inicialmente nos parecen extrañas. No estamos viendo necesariamente una realidad observada desde un único lugar, sino una imagen construida mediante diferentes puntos de contemplación.
Perspectiva directa e invertida pueden convivir
Conviene insistir en esto porque decir simplemente que «los iconos utilizan perspectiva invertida» puede convertirse también en una simplificación. Existen iconos donde encontramos perspectiva directa e inversa dentro de una misma composición.
La Trinidad de Rubliov ofrece un ejemplo especialmente claro. Algunos elementos aparecen construidos de acuerdo con una perspectiva directa mientras otros utilizan perspectiva inversa. La mesa, las figuras y la arquitectura no quedan sometidas necesariamente a un único sistema espacial.
La tradición iconográfica puede combinar estos procedimientos porque su espacio no depende de una fórmula geométrica única. Por eso debemos tener cuidado cuando convertimos la perspectiva invertida en una especie de regla absoluta del icono. Es uno de sus recursos, pero no agota todas las posibilidades de construcción espacial que encontramos en la tradición.
El Evangelio, las arquitecturas y las figuras
Los objetos de caras planas permiten reconocer especialmente bien estos procedimientos. Los libros, las mesas, los tronos y los edificios muestran con claridad cómo se alteran las relaciones que esperaríamos encontrar en una perspectiva convencional.
En un Evangelio podemos contemplar varios planos simultáneamente. En una arquitectura aparecen partes que deberían quedar escondidas. Incluso en los rostros o en los cuerpos encontramos superficies que parecen desplegarse hacia nosotros.
El iconógrafo no busca necesariamente reproducir aquello que veríamos si fotografiáramos la escena desde un punto determinado. Construye la imagen seleccionando y mostrando aquello que necesita hacer visible.
El espectador ya no ocupa un único lugar
La perspectiva lineal establece una relación muy precisa entre la imagen y quien la contempla. Existe un punto desde el cual la construcción funciona correctamente, y todo el espacio queda organizado respecto a él.
El icono puede romper esa dependencia. Cuando aparecen varios centros y varias orientaciones, nuestra mirada deja de estar fijada a un único punto. Tenemos que recorrer la imagen.
Esto puede explicar también por qué algunos iconos parecen desplegarse ante nosotros en lugar de abrir una profundidad semejante a la de una ventana. Los diferentes planos no desaparecen necesariamente hacia un horizonte lejano. Permanecen visibles y participan activamente de la composición.
Aprender a mirar antes de corregir
Para quien comienza a estudiar dibujo iconográfico existe aquí una advertencia importante. Nuestra educación visual nos empuja de manera casi automática a «corregir» estas construcciones. Vemos una mesa cuyas líneas se abren, una arquitectura que muestra demasiadas caras o un libro construido desde varios puntos de vista y sentimos la tentación de ajustarlos a las reglas que conocemos.
Pero antes de corregir debemos comprender.
Aquello que inicialmente parece una incorrección puede pertenecer precisamente al lenguaje que estamos intentando aprender. Si normalizamos todas estas formas mediante una perspectiva lineal coherente, podemos conseguir un dibujo aparentemente más correcto y, al mismo tiempo, perder una parte importante de la construcción iconográfica.
La perspectiva invertida no es una receta
Tampoco deberíamos cometer el error contrario. Aprender que existe la perspectiva invertida y comenzar a abrir sistemáticamente todas las líneas hacia el espectador no nos convierte en iconógrafos. La tradición muestra una realidad mucho más compleja.
Hay perspectiva directa, perspectiva inversa, centros múltiples y combinaciones de diferentes sistemas dentro de una misma imagen. Cada elemento debe comprenderse dentro de la composición concreta que estamos estudiando.
Por eso el trabajo con los buenos modelos antiguos resulta imprescindible. No aprendemos únicamente una regla geométrica. Aprendemos a reconocer cómo diferentes maestros han organizado el espacio para construir la imagen.
Cuando empezamos a comprenderlo, muchas de aquellas cosas que parecían errores dejan de serlo. Descubrimos entonces que el espacio del icono no está mal construido. Está construido desde una lógica diferente, y nuestra primera tarea como iconógrafos es aprender a verla antes de intentar reproducirla.
































