La querella iconoclasta: cuando el Imperio bizantino prohibió los iconos
Actualizado: hace 3 días

La historia de la iconografía bizantina no puede comprenderse sin uno de los conflictos más decisivos de la historia del cristianismo oriental: la llamada querella iconoclasta o controversia iconoclasta. Durante más de un siglo, con interrupciones, el Imperio bizantino estuvo dividido por una cuestión que iba mucho más allá del arte: ¿era legítimo representar a Cristo, a la Madre de Dios y a los santos y venerar sus imágenes?
La disputa afectó a emperadores, obispos, monjes y fieles. Se destruyeron imágenes, se persiguió a quienes defendían su veneración y se formularon algunas de las reflexiones teológicas más profundas sobre el significado de la imagen cristiana. De aquella crisis surgiría una comprensión del icono que continúa siendo fundamental para la tradición iconográfica.
¿Qué fue la iconoclasia bizantina?
La palabra iconoclasia procede del griego y significa literalmente «destrucción de imágenes». Los iconoclastas rechazaban la veneración de las imágenes sagradas y consideraban que podía conducir a la idolatría. El conflicto comenzó durante el siglo VIII, especialmente bajo el emperador León III, y alcanzó una intensidad todavía mayor durante el reinado de su hijo Constantino V.
No se trataba simplemente de decidir si una iglesia podía estar decorada con imágenes. La controversia planteaba una cuestión teológica mucho más profunda: si Dios podía ser representado visiblemente después de la Encarnación de Cristo. Los defensores de los iconos comprendieron que la prohibición absoluta de representar a Cristo tenía consecuencias directas sobre la confesión de que el Verbo se había hecho verdaderamente hombre.
El problema de representar a Cristo
En el centro de la controversia se encontraba una pregunta fundamental: ¿puede pintarse a Cristo? Los defensores del icono respondieron afirmativamente porque el Hijo de Dios verdaderamente se hizo hombre. Cristo no apareció simplemente con aspecto humano, sino que asumió una naturaleza humana real, visible y concreta.
Cuando el iconógrafo representa a Jesucristo no pretende representar la naturaleza divina, que permanece invisible e incomprensible. Representa al Verbo encarnado según la humanidad que verdaderamente asumió: aquel que tuvo un rostro, fue visto, tocado y contemplado por los hombres.
Por eso la defensa del icono quedó inseparablemente unida a la defensa de la Encarnación. La cuestión no era simplemente estética. En el icono de Cristo estaba en juego la confesión de que el Invisible había aceptado hacerse visible en nuestra carne.
San Juan Damasceno y la defensa de los iconos
Entre los grandes defensores de las imágenes destaca San Juan Damasceno, cuya reflexión resultó decisiva para la posterior teología del icono. Su argumento parte precisamente de la Encarnación. Si en el Antiguo Testamento Dios no podía ser representado porque permanecía invisible, la situación cambia cuando el Verbo entra en la historia y se hace visible en Cristo.
Para el Damasceno, la materia no es despreciable. Dios mismo quiso servirse de ella en la economía de la salvación. El cuerpo de Cristo, el agua del Bautismo, el pan y el vino de la Eucaristía muestran que la materia puede ser asumida y puesta al servicio de la acción divina. Por eso una tabla, unos pigmentos o el oro pueden también ponerse al servicio de la confesión de la fe.
La defensa de la materia no significa adorarla. San Juan Damasceno lo expresó con especial fuerza: no adoraba la materia, sino al Creador de la materia, que por nosotros quiso hacerse materia y realizar nuestra salvación mediante ella. Esta afirmación resulta esencial para comprender la pintura de iconos: la materia no es un obstáculo que deba ser eliminado, sino una realidad creada que puede ser ordenada hacia aquello que la trasciende.
Constantino V y el concilio iconoclasta de Hieria
La persecución alcanzó uno de sus momentos más duros durante el reinado de Constantino V. El emperador no se limitó a continuar la política de su padre, sino que trató de proporcionar a la iconoclasia una formulación doctrinal y una apariencia de legitimidad eclesial.
En el año 754 convocó el concilio iconoclasta de Hieria, al que asistieron centenares de obispos. Allí se condenó la veneración de los iconos y se impusieron sanciones contra quienes los pintaran, conservaran o defendieran. Sin embargo, aquel concilio no sería reconocido posteriormente como ecuménico por la Iglesia.
La persecución se dirigió con especial dureza contra los monjes, que se habían convertido en algunos de los principales defensores de las imágenes. Los monasterios desempeñaron un papel fundamental en la resistencia porque comprendían que la cuestión no afectaba únicamente a una práctica artística o devocional, sino a la propia comprensión de Cristo, de la santidad y de la tradición recibida.
Destrucción de imágenes y resistencia monástica
Durante los periodos iconoclastas numerosas imágenes fueron eliminadas o destruidas. Mosaicos y pinturas desaparecieron y, en determinados lugares, fueron sustituidos por motivos ornamentales o por símbolos como la cruz. La lucha contra los iconos se convirtió también en una lucha contra quienes los pintaban, conservaban y veneraban.
Los monjes estuvieron a la vanguardia de esta resistencia. Muchos sufrieron exilio, castigos y persecuciones. Algunos iconógrafos fueron también castigados precisamente por continuar realizando imágenes sagradas. La querella se convirtió así en un conflicto en el que se entrecruzaban la política imperial, la autoridad eclesial, la vida monástica y la confesión visual de la fe.
El II Concilio de Nicea y la restauración de los iconos
Un momento decisivo llegó en el año 787, cuando la emperatriz Irene, con la colaboración del patriarca Tarasio, promovió la celebración del II Concilio de Nicea, reconocido como el Séptimo Concilio Ecuménico. El concilio afirmó solemnemente la legitimidad de las imágenes sagradas y su veneración dentro de la vida de la Iglesia.
La distinción fundamental quedó establecida entre la adoración, que corresponde únicamente a Dios, y la veneración ofrecida ante las imágenes. El gesto realizado ante el icono no termina en la tabla, en los pigmentos o en el oro, sino que se dirige a la persona representada.
Esta doctrina quedó expresada mediante una fórmula fundamental de la tradición iconográfica: el honor tributado a la imagen pasa al Prototipo. La imagen no sustituye a la persona representada ni se identifica materialmente con ella, pero tampoco es una realidad completamente separada. Existe una relación entre ambas que hace posible que la veneración atraviese la imagen y llegue a aquel que está representado.
Por eso Nicea II no resolvió simplemente una disputa sobre objetos religiosos. Al defender la imagen de Cristo, el Concilio defendía también la verdad de la Encarnación. Si el Hijo de Dios se ha hecho verdaderamente hombre, puede ser representado según esa humanidad asumida.
La segunda iconoclasia
La restauración de Nicea II no puso fin definitivamente al conflicto. A comienzos del siglo IX se produjo una nueva etapa iconoclasta, iniciada bajo el emperador León V el Armenio. Durante varias décadas volvió a cuestionarse y perseguirse el culto de las imágenes.
En este segundo período adquirieron especial importancia figuras como San Nicéforo de Constantinopla y San Teodoro Estudita, que desarrollaron con enorme precisión la relación entre imagen y Prototipo y las consecuencias cristológicas de negar la representación de Cristo.
La cuestión había alcanzado ya una profundidad que hacía imposible reducirla a la mera permisividad o prohibición de las imágenes. Se discutía qué significa que una imagen represente a una persona, cómo puede recibir veneración sin convertirse en ídolo y qué relación existe entre la humanidad visible de Cristo y su representación iconográfica.
El Triunfo de la Ortodoxia
La restauración definitiva de los iconos llegó en el año 843, durante la regencia de la emperatriz Teodora. Este acontecimiento es conocido como el Triunfo de la Ortodoxia y continúa conmemorándose en las Iglesias de tradición bizantina el primer domingo de Cuaresma.
El nombre de la celebración resulta significativo. No se entendió aquella victoria simplemente como el triunfo de un determinado estilo artístico ni como el regreso de unas imágenes que habían sido retiradas de los templos. La restauración de los iconos fue considerada la confirmación de la doctrina ortodoxa sobre la Encarnación y la culminación de las grandes controversias cristológicas de los siglos anteriores.
El icono había terminado convirtiéndose en un punto de condensación de toda una teología: quién es Cristo, qué significa que Dios haya asumido verdaderamente nuestra humanidad, cuál es el valor de la materia y de qué modo una imagen puede relacionarse con la persona representada.
¿Qué cambió después de la querella iconoclasta?
La iconoclasia obligó a la Iglesia a formular con mayor precisión algo que hasta entonces se había vivido en gran medida dentro de la tradición. Después de la controversia, el icono ya no podía entenderse simplemente como decoración religiosa. Su fundamento estaba unido a la Encarnación; su veneración, a la relación entre imagen y Prototipo; y su presencia en el templo, a la memoria viva de la Iglesia.
La imagen de Cristo testimonia que el Verbo se hizo verdaderamente visible. Las imágenes de la Theotokos y de los santos manifiestan que la humanidad puede ser transformada por la gracia. Y la materia misma puede ponerse al servicio de esta confesión precisamente porque la salvación cristiana no consiste en despreciar la creación, sino en contemplarla desde la Encarnación.
La teología del icono no es, por tanto, una explicación añadida posteriormente a una forma artística. Forma parte de la propia identidad de la iconografía cristiana.
La querella iconoclasta y el iconógrafo actual
Quien hoy aprende iconografía bizantina recibe una tradición profundamente marcada por aquellos acontecimientos. Cada vez que un iconógrafo representa el rostro de Cristo trabaja dentro de una tradición que tuvo que defender durante generaciones la legitimidad misma de esa representación.
Por eso aprender a pintar iconos no consiste únicamente en dominar el dibujo, la preparación de la tabla, el levkas, el dorado o el temple al huevo. También supone comprender por qué existe el icono y qué realidad pretende transmitir. La técnica pertenece al oficio, pero la técnica solo adquiere todo su sentido cuando se conoce la tradición a la que sirve.
La querella iconoclasta recuerda algo esencial: durante siglos hubo hombres y mujeres que entendieron que la imagen de Cristo no era una cuestión secundaria. En ella estaba implicada la confesión de que Dios había entrado verdaderamente en nuestra historia, había asumido un rostro humano y había aceptado hacerse visible.
El icono existe porque el Verbo se hizo carne.
































