El Templo de Jerusalén en la iconografía: significado y representación

Cuando aparece el Templo de Jerusalén en un icono no debemos buscar una reconstrucción arqueológica exacta del edificio. La iconografía no pretende mostrarnos cómo eran realmente cada muro, cada puerta o cada columna, sino utilizar la arquitectura para introducirnos en el significado del acontecimiento representado. Por eso el Templo puede adoptar formas distintas según la época y el lugar en el que fue escrito el icono y, sin embargo, continuar expresando la misma realidad.
Esto explica por qué encontramos el Templo de Jerusalén en algunos momentos fundamentales de la iconografía cristiana, especialmente en la Presentación de la Madre de Dios y en la Presentación de Cristo. Los edificios, las escaleras, el altar, el velo o el templete central no están colocados simplemente para llenar el fondo. También ellos forman parte del lenguaje del icono.
El lugar de la presencia de Dios
El Templo de Jerusalén era el lugar de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Su espacio se organizaba en diferentes ámbitos que conducían hacia el Lugar Santísimo, separado por un velo y situado en el corazón del santuario. Esta estructura permanecerá en la memoria cristiana y ayudará también a comprender la organización posterior del templo cristiano, donde el espacio conduce progresivamente hacia el altar.
Por eso la arquitectura puede expresar algo más que un lugar físico. El espacio se convierte también en camino. Atravesar un umbral, subir unos escalones o acercarse hacia el santuario puede formar parte del significado de la imagen, porque el icono no representa únicamente dónde sucede un acontecimiento, sino hacia dónde conduce.
El Templo en la Presentación de la Madre de Dios
Uno de los iconos donde mejor podemos comprenderlo es el de la Presentación de la Madre de Dios en el Templo. María aparece conducida por Joaquín y Ana hacia Zacarías, mientras la arquitectura ocupa una parte fundamental de la composición. El icono puede mostrar el patio, los escalones que conducen hacia el santuario, el velo y el espacio del Lugar Santísimo.
María asciende hacia ese lugar y la imagen deja de ser simplemente la representación de una niña que entra en un edificio sagrado. Aquella que entra en el Templo se está preparando para convertirse ella misma en morada de Dios. El antiguo santuario recibe a quien llevará en su seno al Verbo hecho carne.
María como Arca viviente
Esta relación entre María y el Templo permite comprender uno de los aspectos más profundos de la composición. La tradición contempla a la Madre de Dios como Arca viviente, porque en ella habitará verdaderamente aquel cuya presencia había sido anunciada mediante el Arca y el santuario.
El icono establece así una relación entre el Templo antiguo y la Encarnación. María entra en el Lugar Santísimo, pero ella misma llegará a ser el lugar donde Dios habita de una manera nueva. Lo que antes estaba expresado mediante el edificio comienza a trasladarse hacia una persona.
El Templo no desaparece. Se cumple.
Las partes del Templo y el camino hacia Dios
La tradición cristiana ha contemplado también las distintas partes del Templo como imagen del camino espiritual. El atrio, el Santo y el Lugar Santísimo pueden expresar un movimiento desde la purificación hacia la iluminación y finalmente hacia la unión con Dios. La arquitectura adquiere así una dimensión que supera completamente su función material.
Esta lectura resulta especialmente significativa en la Presentación de María. La Virgen no permanece fuera, sino que avanza hacia el santuario. Los escalones hacen visible este movimiento y el icono nos permite contemplar exteriormente algo que posee también una dimensión interior: acercarse progresivamente hacia Dios.
El Templo en la Presentación de Cristo
El Templo ocupa igualmente un lugar esencial en el icono de la Presentación del Señor, conocida en Oriente como el Encuentro. Cristo entra en el Templo llevado por su Madre y es recibido por el anciano Simeón. En esta escena se encuentran la Antigua y la Nueva Alianza, la espera y el cumplimiento, la promesa y aquel en quien esa promesa alcanza su plenitud.
El propio Cristo entra en el edificio que representa la morada de Dios, pero Él mismo hablará después de su cuerpo como Templo. La imagen contiene así una paradoja extraordinaria: el Templo recibe dentro de sí a aquel hacia quien todo el Templo estaba orientado.
El altar en el centro de la composición
En muchas representaciones de la Presentación encontramos un templete o un altar situado cerca del centro de la imagen. No está allí únicamente para identificar el lugar. Su posición organiza la composición y establece una relación entre el Niño que está siendo presentado y aquello que sucederá después.
La Madre de Dios ofrece a Cristo, Simeón lo recibe, José lleva la ofrenda y Ana reconoce al Salvador. El altar aparece en medio de ellos y la escena comienza a mirar ya hacia el sacrificio. El Niño que entra ahora en el Templo es el mismo Cristo que se entregará después en la Cruz.
Por eso, en esta arquitectura, el altar puede convertirse en una prefiguración del Calvario. La historia de la salvación aparece unida y el icono puede mostrar simultáneamente el acontecimiento presente y aquello hacia lo que ese acontecimiento conduce.
El velo y el espacio interior
Otro elemento muy importante es el velo que aparece extendido entre los edificios. En el lenguaje iconográfico, este recurso permite indicar que la acción que estamos contemplando sucede en un espacio interior. El iconógrafo puede sacar visualmente la escena de detrás de los muros y colocarla delante de nosotros sin perder la idea de que estamos entrando en la intimidad de un edificio.
Aquí se comprende bien que la perspectiva del icono no intenta reproducir simplemente aquello que vería un ojo situado delante de una arquitectura real. Si los muros ocultaran la acción, el misterio quedaría fuera de nuestra mirada. El icono abre el edificio para que podamos entrar.
La arquitectura se pone al servicio de la revelación.
¿Por qué el Templo puede parecer una iglesia cristiana?
En algunos iconos el Templo de Jerusalén adopta formas que pertenecen claramente a épocas posteriores. Puede incluso parecer una iglesia bizantina o rusa. Desde una mentalidad moderna podríamos considerar esto un error histórico, pero sería aplicar al icono una pregunta que el iconógrafo no estaba intentando responder.
El iconógrafo no pretende reconstruir el edificio de Jerusalén como lo haría un arqueólogo. Está intentando mostrar su significado dentro de la historia de la salvación. Por eso puede utilizar formas arquitectónicas conocidas por la comunidad que contempla el icono, haciendo comprensible mediante ellas una realidad mucho más antigua.
El icono no se limita a decirnos cómo ocurrió un acontecimiento. Quiere mostrarnos qué significa.
Del Templo de piedra al Templo vivo
La relación entre el Templo, María y Cristo constituye una de las líneas más hermosas de estas composiciones. María entra en el Templo y se prepara para convertirse en morada del Verbo. Más tarde Cristo entra en ese mismo Templo y manifiesta en su propia persona el verdadero encuentro entre Dios y el hombre.
Se produce así un movimiento que recorre toda la historia de la salvación. Primero contemplamos un edificio que señala la presencia divina; después contemplamos a María como morada viva de Dios y finalmente contemplamos a Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, hablando de su propio cuerpo como Templo.
La arquitectura comienza entonces a conducirnos hacia algo que la supera.
El Templo y la Iglesia
Esta relación continúa también en el templo cristiano. El altar, la orientación del espacio, la disposición de las imágenes y el movimiento de la liturgia nos recuerdan que la iglesia no fue concebida simplemente como un edificio donde se reúne una comunidad. El espacio mismo participa de aquello que se celebra.
Entramos, avanzamos, contemplamos los iconos y nos dirigimos hacia el altar. El cuerpo recorre físicamente un camino que posee también un significado espiritual. Por eso el Templo de Jerusalén no pertenece únicamente a un pasado remoto, sino que ayuda a comprender una continuidad que conduce hacia Cristo, hacia la Iglesia y hacia el hombre llamado también a convertirse en morada de Dios.
Pintar el Templo de Jerusalén
Cuando un iconógrafo pinta el Templo de Jerusalén no debería tratar la arquitectura como un fondo que simplemente necesita rellenar detrás de las figuras. Los edificios, las escaleras, los velos, el altar y los distintos espacios están diciendo algo y deben guardar relación con el acontecimiento representado.
Antes de pintar una arquitectura conviene, por tanto, hacer la misma pregunta que nos hacemos delante de un gesto, una inscripción o un color: por qué está ahí y qué está expresando. Cuando comprendemos su función, el edificio deja de ser decoración y comienza a participar del misterio.
En el icono, también las piedras hablan.
































