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Proplasmos: el tono de base en la iconografía bizantina

hace 4 días
5 min de lectura
San Nicolás Taumaturgo, siglo XV, Monasterio de Gregoriou, Monte Athos.
San Nicolás Taumaturgo, siglo XV, Monasterio de Gregoriou, Monte Athos.

Antes de que aparezcan las luces, los volúmenes y los pequeños acentos que terminan de construir una figura, la pintura iconográfica parte de una primera superficie de color que establece su fundamento.

En la tradición griega, ese tono de base recibe el nombre de proplasmos. Sobre él se desarrollarán posteriormente las iluminaciones y el modelado, de modo que la forma vaya apareciendo progresivamente sin perder la unidad cromática establecida desde el comienzo.

El término resulta especialmente conocido por su utilización en las carnaciones, aunque su significado es más amplio y puede referirse también al tono inicial sobre el que se construyen otros elementos del icono.


¿Qué es el proplasmos?

El proplasmos es el tono de base sobre el que se desarrolla posteriormente una forma mediante sucesivas aplicaciones de color y luz.

No es una capa provisional destinada simplemente a quedar oculta. Constituye el fundamento cromático de aquello que se va a pintar y continúa participando en el resultado final incluso después de haber recibido las sucesivas iluminaciones.

El iconógrafo no comienza la figura buscando inmediatamente su color más luminoso. Primero establece una base coherente y, a partir de ella, hace surgir progresivamente los planos y las luces.


Proplasmos y Sankir

Los términos proplasmos y Sankir aparecen con frecuencia relacionados, pero conviene distinguirlos.

Sankir pertenece a la terminología rusa y se utiliza para designar el tono de base de las carnaciones: rostro, manos y otras zonas visibles de la piel.

Proplasmos pertenece a la terminología griega.

En el trabajo del rostro ambos términos pueden designar una función equivalente: el tono profundo inicial sobre el que se desarrollarán posteriormente las carnaciones. Sin embargo, el término griego posee un uso más amplio, porque puede referirse también al tono de base de otras formas de la imagen.

Por eso no conviene afirmar simplemente que proplasmos y Sankir son palabras idénticas. Coinciden cuando hablamos del fundamento cromático de la carne, pero pertenecen a tradiciones terminológicas diferentes.


El proplasmos más allá del rostro

La pintura iconográfica comienza estableciendo grandes zonas de color. Vestiduras, edificios, montañas y otros elementos reciben primero un tono uniforme dentro de sus contornos antes de que aparezcan las iluminaciones que construirán sus formas.

En la terminología rusa, este tono inicial aplicado a los elementos que no son carnaciones recibe el nombre de roskrysh, mientras que la base de la carne se denomina Sankir.

La terminología griega puede reunir ambos conceptos bajo el término proplasmos.

Esto permite comprender mejor su significado: no se trata únicamente de un determinado color utilizado para los rostros, sino de un principio pictórico. Antes de desarrollar una forma mediante luces y modelado, se establece una base que proporciona unidad al conjunto.


El proplasmos en el rostro

En las carnaciones, el proplasmos adquiere una importancia especial.

El rostro, las manos y otras partes visibles del cuerpo comienzan sobre un tono profundo. Una vez establecido, se recuperan las líneas fundamentales de la estructura y comienza el desarrollo de las primeras carnaciones.

Frente, pómulos, nariz, ojos, boca y mentón no aparecen terminados desde el principio. Se construyen progresivamente sobre ese fondo inicial.

El proplasmos permanece como la profundidad sobre la que comenzará a manifestarse la luz.


El color del proplasmos

No existe un único color de proplasmos válido para todos los iconos.

Su tonalidad depende de la tradición, de la escuela, del modelo y de la armonía general de la imagen. En las carnaciones puede encontrarse dentro de una gama de tonos profundos, frecuentemente relacionados con tierras, ocres, verdes y marrones.

Lo importante no es memorizar una única receta y aplicarla indiscriminadamente.

El proplasmos debe integrarse en la armonía del icono y preparar correctamente las fases posteriores. Un tono demasiado alejado de las carnaciones que recibirán las luces puede dificultar las transiciones, mientras que una base mal relacionada con el resto de la composición puede hacer que el rostro parezca separado del conjunto.


De la profundidad hacia la luz

El proplasmos permite comprender uno de los principios fundamentales de la pintura iconográfica: la forma se construye progresivamente desde un tono profundo hacia iluminaciones cada vez más concentradas.

La primera carnación no debe intentar alcanzar inmediatamente el resultado final. Su función consiste en comenzar a separar los planos que avanzan de aquellos que permanecen en profundidad.

Después aparecen nuevas aplicaciones de color y nuevas luces.

A medida que el proceso continúa, las zonas iluminadas pueden reducir su extensión y aumentar su claridad. De este modo, la forma emerge progresivamente sin perder la relación con la base sobre la que fue construida.


El proplasmos debe permanecer visible

Una de las claves del modelado consiste en no eliminar por completo el tono inicial.

Determinadas zonas del proplasmos deben permanecer visibles porque proporcionan profundidad y permiten que las iluminaciones posteriores tengan fuerza.

Si toda la superficie se cubre rápidamente con tonos claros, el rostro puede perder profundidad y convertirse en una carnación plana. La luz necesita una base con la que establecer contraste y relación.

Por eso el proplasmos continúa formando parte de la figura terminada aunque ya no sea el color dominante de la superficie.


Las primeras carnaciones

Una vez establecido el proplasmos comienza la primera transición.

Las primeras carnaciones deben mantener una relación estrecha con el tono de base. Un salto excesivamente grande puede fragmentar el rostro y hacer que las luces parezcan colocadas sobre él en lugar de surgir progresivamente de la estructura.

En esta fase todavía no buscamos la máxima claridad.

El objetivo es empezar a construir los grandes planos y preparar el terreno para las luces posteriores. Cada intervención debe dejar abierta la posibilidad de continuar avanzando.


Proplasmos y luz iconográfica

El proplasmos está directamente relacionado con la forma en que la iconografía construye la luz.

La figura no aparece mediante un claroscuro producido necesariamente por una fuente luminosa exterior. La luz se desarrolla pictóricamente mediante sucesivas aplicaciones que van haciendo visibles determinados planos.

La superficie inicial profunda permite que este crecimiento pueda producirse de forma gradual.

En el rostro resulta especialmente evidente: sobre el proplasmos aparecen las primeras carnaciones, después nuevas iluminaciones y finalmente los pequeños acentos que concentran la máxima claridad.

La luz no se coloca de una sola vez. Se construye.


Proplasmos y fotismata

La terminología griega ayuda también a comprender esta relación entre base y luz.

Si el proplasmos designa el tono inicial sobre el que se construye la forma, las iluminaciones posteriores pueden recibir el nombre de fotismata, término relacionado precisamente con la luz.

Tenemos así dos momentos fundamentales del proceso pictórico: una base que establece la unidad de la forma y una progresión de luces que permite desarrollarla.

No son operaciones independientes. La calidad de las iluminaciones depende en gran medida de la base sobre la que se aplican.


No convertir el proplasmos en una fórmula

El aprendizaje técnico puede llevarnos fácilmente a buscar recetas exactas: una determinada proporción de pigmentos, una mezcla fija o un color que podamos repetir de un icono a otro.

Sin embargo, el proplasmos no debería entenderse de ese modo.

Los modelos muestran variaciones y las diferentes tradiciones han utilizado soluciones cromáticas diversas. Lo importante es comprender su función dentro del proceso: establecer un tono de base coherente que permita construir posteriormente la forma mediante color y luz.

El modelo debe seguir siendo la referencia.


Aprender a ver el proplasmos

Cuando contemplamos un icono terminado, nuestra atención suele dirigirse hacia las luces del rostro, los ojos o los pequeños acentos finales. El proplasmos puede pasar inadvertido porque gran parte de él ha quedado integrado bajo las sucesivas fases del modelado.

Sin embargo, si aprendemos a mirar las zonas profundas del rostro, los contornos y las transiciones entre luces, comenzaremos a reconocer su presencia.

Entonces entendemos que la claridad final no existe independientemente de aquella primera base.

El proplasmos sostiene la forma, conserva

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