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San Longinos en la iconografía: el centurión ante la Cruz

hace 5 días
5 min de lectura
Icono de San Longinos el Centurión pintado 1680
Icono de San Longinos el Centurión pintado 1680

En los iconos de la Crucifixión podemos encontrar, junto a la Madre de Dios, san Juan y las mujeres que acompañan a Cristo, una figura que a veces pasa desapercibida. Es un soldado romano que mira hacia el Crucificado. La tradición lo conoce como San Longinos, el centurión vinculado a la Pasión de Cristo.

Su presencia dentro del icono no es un detalle añadido para completar la escena. Longinos ocupa un lugar muy preciso porque representa al hombre que, situado ante la Cruz, reconoce en aquel que ha sido crucificado algo que los ojos por sí solos no pueden explicar. Mientras contempla la muerte de Cristo, comienza también una confesión.


El centurión ante Cristo crucificado

La iconografía de la Crucifixión fue desarrollando con el tiempo una composición cada vez más sobria. Cristo ocupa necesariamente el centro. A un lado aparece la Madre de Dios y al otro san Juan, acompañados en algunas composiciones por las santas mujeres y por el centurión.

Longinos pertenece así al nivel histórico de la escena. Es un soldado romano que se encuentra allí, ante un condenado que acaba de morir en la cruz. Sin embargo, la iconografía no lo conserva simplemente porque estuvo presente. Lo conserva por aquello que su presencia significa.

Ante él se encuentra un hombre crucificado, pero Longinos reconoce algo más. La Cruz comienza a revelar quién es verdaderamente aquel que cuelga de ella.


La confesión del centurión

En algunos iconos de la Crucifixión, Longinos aparece mirando directamente hacia Cristo y levantando una mano hacia su frente. El gesto no es indiferente. La composición intenta mostrar que el centurión no está contemplando la escena como un espectador más, sino que está respondiendo a aquello que contempla.

La imagen establece así una diferencia entre mirar y reconocer. Muchos pueden estar presentes ante la Cruz y, sin embargo, no todos ven lo mismo. Longinos mira al Crucificado y su gesto se convierte en confesión.

Por eso su presencia resulta especialmente poderosa dentro del icono. Mientras Cristo aparece muerto sobre la Cruz, el centurión comienza a reconocer su divinidad. La muerte que contempla no destruye la identidad de Cristo, sino que paradójicamente empieza a revelársela.


Longinos dentro de la composición de la Crucifixión

La tradición iconográfica bizantina fue eliminando progresivamente elementos innecesarios para concentrar la composición en aquello que consideraba esencial. En muchas Crucifixiones aparecen únicamente Cristo, la Madre de Dios y san Juan, mientras que otras conservan también una santa mujer y al centurión.

Cuando Longinos está presente, su posición contribuye a ampliar el significado de la escena. Alrededor de Cristo encontramos a quienes pertenecen a su círculo más cercano, pero también a un soldado romano que llega desde fuera de ese ámbito.

La Cruz comienza así a abrirse hacia todos.

El icono no muestra únicamente el dolor de quienes amaban a Jesús. Muestra también a un hombre que se encuentra ante Él desde otro lugar y que, precisamente delante de su muerte, empieza a reconocer quién es.


Un soldado romano

Cuando San Longinos aparece representado individualmente, la tradición lo conserva como soldado romano. Puede aparecer como un hombre de edad madura, barbado y revestido con indumentaria militar.

La lanza es uno de sus principales atributos. Su presencia lo relaciona directamente con la Pasión y permite reconocerlo incluso cuando aparece fuera de una composición de la Crucifixión.

Pero, como sucede tantas veces en la iconografía, el atributo no debería separarse de aquello que significa. La lanza no está ahí simplemente para indicar su oficio militar. Lo une visualmente al acontecimiento que transformará su figura dentro de la memoria cristiana.

El instrumento asociado a la Pasión se convierte también en aquello que permite identificar al santo.


La lanza y el costado de Cristo

La relación de Longinos con la lanza está profundamente unida a la imagen de Cristo crucificado. Por eso, cuando el iconógrafo coloca una lanza en sus manos, está haciendo presente toda una historia mediante un solo objeto.

El icono trabaja muchas veces de esta manera. No necesita narrar cada momento de manera sucesiva. Un atributo puede introducir dentro de una figura el recuerdo de un acontecimiento entero.

En Longinos, la lanza nos devuelve inmediatamente al Gólgota.

Pero sería un error detenernos únicamente en ella. Lo verdaderamente importante no es el arma que sostiene, sino lo que ocurre en el hombre que ha permanecido ante la Cruz.


El rostro que mira al Crucificado

En una de las descripciones tradicionales de la Crucifixión, Longinos aparece como un hombre barbado, con la cabeza cubierta por un paño blanco. Mira a Cristo y lleva una mano hacia la frente en un gesto que expresa su confesión.

Este detalle resulta especialmente significativo porque toda la figura está orientada hacia el Crucificado. No está simplemente presente en el espacio; está relacionado con Él mediante la mirada y mediante el gesto.

La dirección de una mirada puede cambiar por completo una composición iconográfica. Nos dice quién contempla a quién y, muchas veces, también desde dónde debemos comprender la escena.

Longinos nos conduce hacia Cristo porque él mismo está mirando hacia Cristo.


La humanidad al pie de la Cruz

Existe además una lectura todavía más amplia de esta presencia. En la parte superior de determinadas Crucifixiones aparecen los ángeles, mientras que a los pies de la Cruz se encuentran los hombres. La escena reúne así el cielo y la tierra alrededor del acontecimiento que está teniendo lugar.

Dentro de esa humanidad situada ante Cristo encontramos también al centurión Longinos.

Esto permite comprender que la Crucifixión no está encerrada en el sufrimiento privado de unas pocas personas. El acontecimiento afecta a la creación y alcanza al hombre que se encuentra delante de la Cruz, incluso cuando ese hombre procede del ejército que ha participado en la ejecución.

El icono abre de esta manera el acontecimiento hacia una dimensión mucho mayor.


La Cruz y la Resurrección

La presencia de Longinos tampoco debe separarse del significado completo de la Crucifixión dentro de la iconografía. Cristo aparece verdaderamente muerto, pero la imagen no contempla su muerte como una derrota definitiva.

En el icono bizantino de la Crucifixión, incluso el sufrimiento está contenido dentro de una realidad pascual. Cristo es verdaderamente crucificado y verdaderamente muerto, pero sigue siendo el Señor. La Cruz está ya orientada hacia la Resurrección.

Por eso resulta especialmente significativo que la confesión de Longinos tenga lugar precisamente allí. No reconoce a Cristo después de contemplar primero su victoria visible. Lo reconoce ante la aparente derrota de la Cruz.

Esta es quizá una de las cosas más profundas que su figura introduce en la composición.


Pintar a San Longinos

Cuando un iconógrafo pinta a San Longinos no debería limitarse a reproducir un soldado con una lanza. Es necesario comprender el lugar que ocupa dentro del misterio representado. Su vestidura militar recuerda quién era, la lanza lo relaciona con la Pasión y su mirada hacia Cristo nos dice en quién se está convirtiendo.

En una Crucifixión, su figura debe permanecer subordinada al verdadero centro de la imagen. Longinos no reclama la atención para sí mismo. Todo en él conduce hacia Cristo.

Y quizá por eso su presencia resulta tan significativa. El centurión está situado ante la misma imagen que contempla quien se coloca delante del icono. Él mira al Crucificado y nosotros miramos con él.

La pregunta entonces deja de pertenecer únicamente al pasado. Delante de la Cruz, Longinos tuvo que reconocer quién era aquel hombre. El icono vuelve a colocar esa misma pregunta delante de nosotros.


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